miércoles, 25 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 8. Vivir hacia arriba

El ser humano es como el agua: siempre busca un resquicio por el que aliviar su flujo. En estos días de asfixiante encierro la vida ha ascendido a las alturas, a los balcones, terrazas y azoteas, esos espacios de los edificios que nunca como ahora habíamos valorado tanto. Tengo la suerte de vivir en un ático con una gran terraza, lo que me permite dar un paseo diario de 2.000 pasos, unos 1.600 mts. Hoy he visto a un hombre y un niño practicando jogging en una azotea. En otras circunstancias hubiera pensado que tal carrera estaba provocada por algún delito o desgracia. Cuando no sabemos o no podemos vivir hacia abajo, vivimos hacia arriba. Como los salmones del otro día, nadamos afrontando los elementos. Con cielos así la cuarentena templa sus rigores.

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Leo en alguna página de las redes que la cultura adquiere en estos día un valor inusitado. El valor es intrínseco, lo que este confinamiento aporta es un altavoz para que aireemos nuestras preferencias. Antes leíamos o escuchábamos música en callado recogimiento, y acaso alguna vez confesábamos el título de algún libro o disco admirado. Ahora las redes son un intercambio constante de recomendaciones, muchas de ellas in situ, ante una biblioteca bien nutrida o un salón de amplia mirada. Lo que estamos haciendo, queridos lectores, es abrir cada vez más la intimidad de nuestros hogares. Cerramos la puerta a un virus y abrimos la ventana a quién sabe qué.