martes, 24 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 7. Nuestros muertos, nuestros mayores

Ayer el coronavirus se llevó la vida del padre de un amigo querido. A la enorme tristeza de una muerte súbita se sumó la ausencia de los amigos y seres queridos del difunto en el momento del adiós. Necesitamos despedirnos de nuestros muertos, sentir la cercanía de su cuerpo en las horas del tránsito, sentir que aún sentimos su aliento y sus últimas palabras. El coronavirus ha venido a subrayar, como una lección macabra, que los ancianos son (seremos) carne de deshecho. La tardanza con la que se ha actuado en los centros de mayores es claro indicio de que constituyen la última preocupación. Son el vagón de cola que se desengancha y se deja a su suerte cuando todo el convoy peligra. Hoy el sol ha salido a medias, a medias sigue la vida, mientras pienso en los padres de otros muchos amigos, en mis padres. Después de esto todavía nos quedará un largo luto de tristeza. Mientras envejecemos.

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Qué hubiera sido de esta pandemia sin Internet. Estar conectados en el dolor, pero también, cuidado, en el miedo. Sin embargo, en esta dura prueba me reafirmo en lo que siempre he pensado: escuchar una voz al otro lado del teléfono es un don preciado que merece la pena rescatar. Las redes sociales enfrían los sentimientos y a menudo los rebajan, convirtiéndolos en diatriba, cuando no en impostado desahogo. Una voz que llora, una voz que ríe, una voz que tiembla. Un tesoro en días de miseria.  

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