lunes, 23 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 6. Alba, música, Atlas y salmones

Atlas Farnesio. Museo Arqueológico
Nacional de Nápoles
Hoy sí ha amanecido. A su hora, con claridades que preludiaban un precioso día primaveral. Está ahí, al otro lado de la ventana, con pájaros y nubecillas tímidas. Así van pasando las jornadas: de la sombra a la luz y vuelta a la sombra. La música es el mejor antídoto para todos los males. En mi estudio suena ahora "Over the rainbow" en el clarinete de Pee Wee Russell, uno de esos dioses que bajaron del Olimpo para alegrarnos la vida.

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Hoy una amiga cumple 50 años, pero la cuarentena la rejuvenece. Yo advierto que ya pasé de largo ese cumpleaños cuando en estos días hago ejercicios para aliviar el cuello y las cervicales. Se me viene el peso del mundo sobre los hombros y compadezco al pobre Atlas, que ahora soporta un planeta infectado. Para los gigantes no hay mascarillas.

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Mi terraza tiene de largo exactamente 25 pasos míos. Por la tarde, cuando el sol la ha caldeado un poco, la recorro hasta completar los 1000, los 1500 pasos. Mientras camino pienso que la vida se nos va en cada paso, en cada sorbo de café, en cada beso. Vivir a fin de cuentas es pura rebeldía, un batallar continuo para remontar la peligrosa corriente. Para darme el coraje y la tenacidad del salmón frente a la amenaza del oso pido a Pee Wee Russell que suene de nuevo "That old feeling", y el maestro me complace. Pasan aves arañando el cristal de mi ventana.

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