viernes, 20 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 4. Pasión e incertidumbre

Perseo Triunfante. Museos Vaticanos
Suena en mi estudio La Pasión según San Juan de Bach. La pasión siempre es interior. En el mundo exterior alguien pasea un perro de escayola, alguien pasea por la tarde la compra de la mañana, alguien busca una farmacia para adquirir la enésima caja de Paracetamol. La calle no es nada sin alguien que camine. Por eso cuesta tanto arrebatarle a la calle lo que es suyo. Lo malo de un confinamiento forzoso viene después, cuando descubramos que hemos perdido para siempre nuestra calle de ayer y que la de mañana solo será un pálido reflejo. Tampoco nosotros seremos ya los mismos.

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No voy a engañarme: hoy no tengo ánimos para nada. Lo de salir es lo de menos, con ser duro; lo peor es la incertidumbre, el color plomizo que van adquiriendo los días en una primavera que debería ser esplendente, como lo es siempre en el Sur. Pienso en Roma, ciudad en la que pasé una temporada hace cuatro meses, y no imagino mi calle Andrea Doria desierta, el aire solitario mecido por la hilera de platanos que se extienden hacia el viale delle Milizie. Ni cerrado el Antico Caffè Doria, el mismo que abría 24 h. resistiendo tormentas y vendavales. La vida es tan mutable, tan imprevisible. Hoy somos cántico de júbilo, mañana oración quejumbrosa. Dicen que la poesía, el amor y la amistad ayudan a soportar la cruel mudanza de estos días. Dicen. Prefiero la espada de Perseo.   

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