jueves, 19 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 3. El carraspeo mortífero

Nunca me han gustado las gaviotas. Hay algo de siniestro en ellas que las aleja para mí de esa imagen cursi y manoseada que las pinta o fotografía en vuelo sobre el mar de poniente. Quizá sea porque vivo en un ático que a veces se muda en nave azotada por el levante y acosada por las gaviotas, por sus chillidos estridentes, por sus excrementos que todo lo empuercan. Sin embargo, hoy las veo desde mi ventana y trazan en el cielo el paseo que yo no puedo dar, la carrera que no podemos dar. Y no sé si maldecirlas o bendecir que ahí fuera aún queden seres que gozan de plena libertad.

* * *
Escribí este microrrelato hace algunos años. Por esos misterios de la vida, estaba vaticinando que llegaría un tiempo en el que la garganta del vecino se convertiría en una amenaza mortífera.

Ardides de asesino

Cuentan del asesino que carraspea detrás de sus víctimas poco antes de lanzarse sobre ellas. Los sicópatas tienen muchas formas de señalar su territorialidad y esta debe de ser una como cual­quiera otra. A fin de cuentas, un carraspeo trasero pasa totalmente desapercibido, siempre que no sea reiterado. Lo curioso del caso es que ninguna de sus víctimas ha podido contarlo. ¿De dónde ha salido, pues, este rumor que crece cada día? La prensa y la televisión no dejan de especular sobre la naturaleza del mencionado carraspeo, como si a la gente le importara si es abrupto o sonoro, si es simple o lleva musical ritornelo. Lo que los ciudadanos quieren saber es cómo distinguir en esa fracción vital de segundo el carraspeo del malhechor del de los cientos de vecinos que pasean sus catarros por la vía pública. Porque a fuerza de tanto escapar corriendo, el aire de esta ciudad ya empieza a ser irrespirable.


(Fuera pijamas, Montcada-Barcelona, 2010, p. 79)

No hay comentarios: