miércoles, 18 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 2. La masa casera

Detalle de la Columna Trajana. Roma
En la era global cualquier crisis de amplio espectro tiene su levadura: las noticias, las opiniones, las ruedas de prensa y los pareceres de los mentideros la inflan en el horno cotidiano hasta duplicar o triplicar su tamaño. Nunca tanta información ha desinformado tanto. Qué difícil es serenarse, reflexionar y sacar conclusiones propias que no se vean ensombrecidas por la teoría de la conspiración, las visiones de los apocalípticos, la manipulación de los medios o la orquestación de los políticos. Para colmo, se ha desatado como nunca el espíritu de consejero que, al parecer, todos llevamos dentro, y las propuestas de libros, músicas, películas, recetas de cocina o ejercicios físicos caseros para sobrellevar el confinamiento abruman casi tanto como sobrecoge la imagen de un ejército infernal de coronavirus invadiendo a lo Hitler el planeta. Por no hablar de las citas diarias con el balcón para proclamar las bendiciones de los unos y las maldiciones de los otros. El virus monárquico pasará, pero quedará, como secuela de imponente magnitud, la atrofia de nuestro principal sentido: el común. Esa sí que será una crisis comunitaria.
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Aprovecho este encierro para revisar un libro que, coronavirus mediante, saldrá en los próximos meses. No sé si saldrá contaminado, pero de una cosa estoy seguro: será contaminante.
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Como, pese a lo dicho antes, uno es animal gregario, combino estos días varias actividades siempre placenteras. Leo cuentos de Flannery O'Connors para conocer mejor las entrañas de mis conciudadanos; releo Las Musas de Walter F. Otto en busca de vuelos poéticos; leo Zenobia, l'ultima regina d'Oriente de Lorenzo Braccesi, joyita que me traje de Roma y que ahora ilustra las estrategias marciales del virus; escucho en mi estudio las músicas de este mundo maltrecho (Shirley Horn, John Coltrane, Sharon Van Etten, Bach, Mina, Schumann...); y cocino, evocando mis días romanos, pastas y pizzas con masa casera. Es lo que más me conmueve e inquieta: la masa casera que todos somos.


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