viernes, 27 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 10. De autoayuda, cabronadas y `carpe diem'

Como era de esperar, en esta pandemia brotan, como hongos en las húmedas faldas de los bosques, las invocaciones al "Crecimiento Personal y la Autoayuda". Así, entregados a un ejercicio espiritual en el baño, una postura de yoga en el dormitorio o la repetición, cual ritornelo pajaril, de las propias fortalezas, muchos creen conjurar el miedo y la vulnerabilidad sicológica que se han instalado tan repentinamente en nuestras vidas. No me parece mal: cada cual eche mano a los recursos de que dispone, si en ello le va el bienestar siquiera de unos días. Pero no puedo evitar que ya me estomague esta especie de gigantesco grupo de terapia en el que sobran vendedores de paraísos mentales y componedores de elixires prodigiosos. La situación que vivimos es, simple y llanamente, una gran cabronada. Y prefiero mi rabia contenida a cualquier alarde impostado de alegría o dulce sometimiento. 

* * *
El carpe diem, queridos amigos de lo Clásico, está muy bien cuando en su nombre se alza una copa de vino, se mira el paso airoso de la persona amada, se toma el sol junto a rocas batidas por la marea de mayo. Sin embargo, el día que hoy podemos atrapar tiene poco de celebración. Si acaso, que constituye un paso más hacia... Quién sabe. Es difícil combatir la rabia con el epicureísmo literario. Este solo me sirve hoy para recordar lo que tuvimos, ya cantado en este poema escrito hace más de una década:
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CARPE DIEM
...
Esta música, el sol, la poesía,
los amigos sedientos de palabras,
el amor siempre en busca de aposento,
las huellas venideras de algún viaje,
las flores de tu sexo en mis jardines,
esa risa, por dios, tan de mañana…
...
todo ello justifica la osadía
de vivir en la piel de lo primario,
de encarar el azote de los fríos
sin el abrigo tosco de la vida.
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(Del libro No quieras ver el páramo, Sevilla, Siltolá, 2010)

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