lunes, 30 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 12. Si nos roban el mar.

Playa de la Caleta (Cádiz).
Foto de Antonio M. Obrero
Esta noche he soñado que nos arrebataban el mar. Como nos han arrebatado el aire y el sosiego, el abrazo y la reunión amical. Y he salido casi dormido de una pesadilla para entrar en otra casi despierto. Vivo en una ciudad-isla, tengo la playa a cinco minutos de casa y desde mi terraza veo retales del mar del sur y del mar del este. Pero esa cercanía no ha impedido que la amenaza del robo se haya instalado en esta mi mañana delicadamente nubosa. Cuando mi sobrino J. era pequeño y venía a Cádiz de vacaciones estivales, yo solía advertirle de que no fuese a la playa de la Caleta en domingos alternos de julio y agosto, porque a las 15:00 h. en punto los operarios del ayuntamiento vaciaban el mar de esa playa para la limpieza de las arenas y los roquedales. Apenas  duraba media hora, una limpieza velocísima en manos de trabajadores muy experimentados, porque es el tiempo que los peces, sabedores de que volverían a su medio, podían aguantar en seco. Y le advertía del peligro de que estuviese en el mar justo cuando se retiraba el gran tapón, porque más de un niño había sido succionado y su cuerpo había aparecido en las antípodas, en una playa australiana o indonesia. Mi sobrino dejó de creerme, creo, la segunda o tercera vez que repetí aquella fabulación. Sin embargo, esta mañana la imagen del mar desapareciendo por un minúsculo agujero ha venido a significar lo que estamos viviendo: la vida en todas sus manifestaciones succionada por un microscópico bicho. Aquellos peces que contenían la respiración media hora somos todos nosotros, angustiados por no saber si resistiremos hasta que el mar regrese. 

* * * 
Para conjurar estas y otras pesadillas, pongo en mi estudio músicas de este mundo. Ahora suena el disco O qué será de Albert Sanz Trío, con Sanz al piano, Javier Colina al contrabajo y Al Foster a la batería. Y suena como los flujos de la pleamar sobre las rocas, como la vida naufragante arrastrándose hacia el sol que inunda la orilla. 

* * *
Leo a Irene Vallejo, a Auden, a Pavese, releeo a Calvino, a Umberto Eco. Ayer el programa de Emilio Lledó fue una isla, y no es poco que nos regalen una isla en estos días. Por fortuna, los virus aún no han aprendido a nadar. 

domingo, 29 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 11. La hora en que vivimos

Medir el tiempo, esa antiquísima obsesión. Si algo bueno traen estos días de plomo es que el tiempo es laxo, se estira como una buena masa y, en cierta medida, lo modelamos a  nuestro antojo. Una hora menos de confinamiento, dicen, decimos. Una hora más de luz solar. Abrir los ojos por la mañana con el tiempo detenido, con la cruel estadística esperando a los pies de la cama. Pero también alargar las piernas hasta el fondo del edredón y saber que nada urge, que el lavavajillas no es más que un amasijo de cables y la lavadora una generala contra la que es sano insubordinarse. Desempolvar los juegos de mesa y llenar el salón de risas por el más tonto equívoco, por el más trivial despiste. Leer como quien abraza la biblioteca preterida, esa vieja amiga que todo lo perdona. Medir el tiempo es esto: no medirlo, ignorarlo incluso. Aunque sea a ratos y en un sueño irreal del que algún día despertaremos para correr al trabajo, a la peluquería, al bar, a casa de los abuelos que hayan sobrevivido al virus y a la ignominia de los políticos holandeses.

* * * 
Emilio Lledó, el imprescindible que esta noche estará en el programa de TV2, espera que esta crisis nos sirva para salir de la caverna. La filosofía como antídoto contra el miedo y la desesperanza. El maestro es sabio y los sabios saben sacar enseñanzas de la penuria, la desdicha y la extrañeza. Pero salir de la caverna platoniana no es fácil sin haber leído a Platón, y me temo que quienes tienen las riendas del desastre y quienes aspiran, ahora tan indignamente, a tenerlas más tarde andan bastante ayunos de las lecturas más elementales, esas que dan consistencia y sentido a los valores humanos. 

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Termino con un poema sobre el tiempo que vendrá (y el que se fue):
...
SALDO NEGATIVO
...
«Somos el tiempo que nos queda»
J. M. Caballero Bonald
...
El tiempo que nos queda,
el alba que retrasa sus candores,
la hora que eclosiona primeriza,
el viento destrenzado por las ramas,
la niebla que blanquea la campiña,
las olas orillando las arenas,
la noche camuflada por el día,
el agua que destilan los veneros,
la flor en los jardines perseguida,
los hijos abismados en tus brazos,
el amor que de amor vive transido,
la amistad con dolor verificada,
el dolor encallado en los bajíos...
...
El tiempo que nos queda
dormita agazapado en las palabras.
...
(Del libro No quieras ver el páramo, Sevilla, Siltolá, 2010)

viernes, 27 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 10. De autoayuda, cabronadas y `carpe diem'

Como era de esperar, en esta pandemia brotan, como hongos en las húmedas faldas de los bosques, las invocaciones al "Crecimiento Personal y la Autoayuda". Así, entregados a un ejercicio espiritual en el baño, una postura de yoga en el dormitorio o la repetición, cual ritornelo pajaril, de las propias fortalezas, muchos creen conjurar el miedo y la vulnerabilidad sicológica que se han instalado tan repentinamente en nuestras vidas. No me parece mal: cada cual eche mano a los recursos de que dispone, si en ello le va el bienestar siquiera de unos días. Pero no puedo evitar que ya me estomague esta especie de gigantesco grupo de terapia en el que sobran vendedores de paraísos mentales y componedores de elixires prodigiosos. La situación que vivimos es, simple y llanamente, una gran cabronada. Y prefiero mi rabia contenida a cualquier alarde impostado de alegría o dulce sometimiento. 

* * *
El carpe diem, queridos amigos de lo Clásico, está muy bien cuando en su nombre se alza una copa de vino, se mira el paso airoso de la persona amada, se toma el sol junto a rocas batidas por la marea de mayo. Sin embargo, el día que hoy podemos atrapar tiene poco de celebración. Si acaso, que constituye un paso más hacia... Quién sabe. Es difícil combatir la rabia con el epicureísmo literario. Este solo me sirve hoy para recordar lo que tuvimos, ya cantado en este poema escrito hace más de una década:
 ..
..
CARPE DIEM
...
Esta música, el sol, la poesía,
los amigos sedientos de palabras,
el amor siempre en busca de aposento,
las huellas venideras de algún viaje,
las flores de tu sexo en mis jardines,
esa risa, por dios, tan de mañana…
...
todo ello justifica la osadía
de vivir en la piel de lo primario,
de encarar el azote de los fríos
sin el abrigo tosco de la vida.
..
....
(Del libro No quieras ver el páramo, Sevilla, Siltolá, 2010)

jueves, 26 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 9. Natalia Ginzburg y los puentes

Cuenta Natalia Ginzburg en Lessico famigliare que ni ella ni sus hermanos fueron a la escuela primaria porque su padre, médico anatomista e histólogo, decía que en la escuela estaban expuestos a los microbios. Aprendieron en casa, con maestras a domicilio, entre las que se contaba la propia madre, que enseñaba aritmética y geografía a la niña Natalia. Ernesto Ferrero, uno de los editores de Einaudi a partir de la década de los 60 del siglo XX, recuerda ese detalle en su libro I migliori anni della nostra vita, el volumen nostálgico que dedica al trabajo en la editorial: "perché suo padre, il celebre anatomo-patologo Giuseppe Levi, voleva risparmiare alla figlia il contagio delle malattie infettive". 
Ha querido el azar que, repasando lecturas para un libro que tengo entre manos, haya reparado en esta prevención del padre de Natalia. La escritora nació en 1916, por lo que sus años escolares transcurrieron en la década del 20. Por tanto, tenía dos años cuando la pandemia llamada "gripe española" causó más muertes en el mundo que la Gran Guerra. En Italia se calcula que fallecieron unas 650.000 personas. El padre de Natalia, como tantos padres en el mundo en estas semanas, temía la amenaza vírica fuera del hogar. Aunque a sus hijos solo los privó de la escuela comunitaria, porque los pequeños Levi retozaban en jardines, plazas y prados. Aquella Italia, esta Italia.

* * *
Siempre me ha gustado el simbolismo de los puentes sobre las aguas. Al unir riberas lejanas, cuando no antagonistas, el puente reivindica su función conciliadora y solidaria. Esta mañana he comprobado lo fácil que resulta ahora fotografiar el puente de la Constitución de 1812 en la más absoluta soledad. Insólita y bella imagen, pero también siniestra, porque podría pensarse que ha perdido la más primaria de sus virtudes. Mas solo en parte. La solidaridad sigue inmutable, trufada de empatía: si dos personas no se abrazan, dos orillas no se reencuentran. Esa ha sido su lección de hoy. 


miércoles, 25 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 8. Vivir hacia arriba

El ser humano es como el agua: siempre busca un resquicio por el que aliviar su flujo. En estos días de asfixiante encierro la vida ha ascendido a las alturas, a los balcones, terrazas y azoteas, esos espacios de los edificios que nunca como ahora habíamos valorado tanto. Tengo la suerte de vivir en un ático con una gran terraza, lo que me permite dar un paseo diario de 2.000 pasos, unos 1.600 mts. Hoy he visto a un hombre y un niño practicando jogging en una azotea. En otras circunstancias hubiera pensado que tal carrera estaba provocada por algún delito o desgracia. Cuando no sabemos o no podemos vivir hacia abajo, vivimos hacia arriba. Como los salmones del otro día, nadamos afrontando los elementos. Con cielos así la cuarentena templa sus rigores.

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Leo en alguna página de las redes que la cultura adquiere en estos día un valor inusitado. El valor es intrínseco, lo que este confinamiento aporta es un altavoz para que aireemos nuestras preferencias. Antes leíamos o escuchábamos música en callado recogimiento, y acaso alguna vez confesábamos el título de algún libro o disco admirado. Ahora las redes son un intercambio constante de recomendaciones, muchas de ellas in situ, ante una biblioteca bien nutrida o un salón de amplia mirada. Lo que estamos haciendo, queridos lectores, es abrir cada vez más la intimidad de nuestros hogares. Cerramos la puerta a un virus y abrimos la ventana a quién sabe qué.


martes, 24 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 7. Nuestros muertos, nuestros mayores

Ayer el coronavirus se llevó la vida del padre de un amigo querido. A la enorme tristeza de una muerte súbita se sumó la ausencia de los amigos y seres queridos del difunto en el momento del adiós. Necesitamos despedirnos de nuestros muertos, sentir la cercanía de su cuerpo en las horas del tránsito, sentir que aún sentimos su aliento y sus últimas palabras. El coronavirus ha venido a subrayar, como una lección macabra, que los ancianos son (seremos) carne de deshecho. La tardanza con la que se ha actuado en los centros de mayores es claro indicio de que constituyen la última preocupación. Son el vagón de cola que se desengancha y se deja a su suerte cuando todo el convoy peligra. Hoy el sol ha salido a medias, a medias sigue la vida, mientras pienso en los padres de otros muchos amigos, en mis padres. Después de esto todavía nos quedará un largo luto de tristeza. Mientras envejecemos.

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Qué hubiera sido de esta pandemia sin Internet. Estar conectados en el dolor, pero también, cuidado, en el miedo. Sin embargo, en esta dura prueba me reafirmo en lo que siempre he pensado: escuchar una voz al otro lado del teléfono es un don preciado que merece la pena rescatar. Las redes sociales enfrían los sentimientos y a menudo los rebajan, convirtiéndolos en diatriba, cuando no en impostado desahogo. Una voz que llora, una voz que ríe, una voz que tiembla. Un tesoro en días de miseria.  

lunes, 23 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 6. Alba, música, Atlas y salmones

Atlas Farnesio. Museo Arqueológico
Nacional de Nápoles
Hoy sí ha amanecido. A su hora, con claridades que preludiaban un precioso día primaveral. Está ahí, al otro lado de la ventana, con pájaros y nubecillas tímidas. Así van pasando las jornadas: de la sombra a la luz y vuelta a la sombra. La música es el mejor antídoto para todos los males. En mi estudio suena ahora "Over the rainbow" en el clarinete de Pee Wee Russell, uno de esos dioses que bajaron del Olimpo para alegrarnos la vida.

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Hoy una amiga cumple 50 años, pero la cuarentena la rejuvenece. Yo advierto que ya pasé de largo ese cumpleaños cuando en estos días hago ejercicios para aliviar el cuello y las cervicales. Se me viene el peso del mundo sobre los hombros y compadezco al pobre Atlas, que ahora soporta un planeta infectado. Para los gigantes no hay mascarillas.

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Mi terraza tiene de largo exactamente 25 pasos míos. Por la tarde, cuando el sol la ha caldeado un poco, la recorro hasta completar los 1000, los 1500 pasos. Mientras camino pienso que la vida se nos va en cada paso, en cada sorbo de café, en cada beso. Vivir a fin de cuentas es pura rebeldía, un batallar continuo para remontar la peligrosa corriente. Para darme el coraje y la tenacidad del salmón frente a la amenaza del oso pido a Pee Wee Russell que suene de nuevo "That old feeling", y el maestro me complace. Pasan aves arañando el cristal de mi ventana.

domingo, 22 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 5. El alba y el espejo

Esta mañana no ha amanecido. Son las 11:28. Por más que miro por la ventana hacia la región de levante, donde cada día clarean los perfiles del puente de la Constitución de 2012, no parece que hoy tengamos alba. Es algo insólito, diréis. No, lo insólito ya no existe; lo insólito ha mutado en sólito y viene a instalarse en nuestras vidas. Preparo un segundo café. Miro por la ventana. Tampoco los pájaros se han despertado.

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En tiempos de confinamiento es preferible no mirarse en el espejo. Este artefacto cruel adquiere un protagonismo inusitado y disfruta viendo desde el otro lado nuestro desvalimiento. El espejo es otra cárcel que nos impusieron para acallar nuestros más íntimos lamentos. Dales un espejo y verás cómo ya no se sienten tan solos, dijo alguien. Pero en estos días oscuros toda duplicidad hurga en la herida y duele más la condena. Atrapado en la ciudad, atrapado en un edificio, atrapado en un piso, atrapado en un espejo.

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Diréis que estos escritos son muy pesimistas, y diréis bien. Decidme qué música, qué voz, qué labios traerán nuevas claridades que relumbren en la faz de los espejos.   


viernes, 20 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 4. Pasión e incertidumbre

Perseo Triunfante. Museos Vaticanos
Suena en mi estudio La Pasión según San Juan de Bach. La pasión siempre es interior. En el mundo exterior alguien pasea un perro de escayola, alguien pasea por la tarde la compra de la mañana, alguien busca una farmacia para adquirir la enésima caja de Paracetamol. La calle no es nada sin alguien que camine. Por eso cuesta tanto arrebatarle a la calle lo que es suyo. Lo malo de un confinamiento forzoso viene después, cuando descubramos que hemos perdido para siempre nuestra calle de ayer y que la de mañana solo será un pálido reflejo. Tampoco nosotros seremos ya los mismos.

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No voy a engañarme: hoy no tengo ánimos para nada. Lo de salir es lo de menos, con ser duro; lo peor es la incertidumbre, el color plomizo que van adquiriendo los días en una primavera que debería ser esplendente, como lo es siempre en el Sur. Pienso en Roma, ciudad en la que pasé una temporada hace cuatro meses, y no imagino mi calle Andrea Doria desierta, el aire solitario mecido por la hilera de platanos que se extienden hacia el viale delle Milizie. Ni cerrado el Antico Caffè Doria, el mismo que abría 24 h. resistiendo tormentas y vendavales. La vida es tan mutable, tan imprevisible. Hoy somos cántico de júbilo, mañana oración quejumbrosa. Dicen que la poesía, el amor y la amistad ayudan a soportar la cruel mudanza de estos días. Dicen. Prefiero la espada de Perseo.   

jueves, 19 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 3. El carraspeo mortífero

Nunca me han gustado las gaviotas. Hay algo de siniestro en ellas que las aleja para mí de esa imagen cursi y manoseada que las pinta o fotografía en vuelo sobre el mar de poniente. Quizá sea porque vivo en un ático que a veces se muda en nave azotada por el levante y acosada por las gaviotas, por sus chillidos estridentes, por sus excrementos que todo lo empuercan. Sin embargo, hoy las veo desde mi ventana y trazan en el cielo el paseo que yo no puedo dar, la carrera que no podemos dar. Y no sé si maldecirlas o bendecir que ahí fuera aún queden seres que gozan de plena libertad.

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Escribí este microrrelato hace algunos años. Por esos misterios de la vida, estaba vaticinando que llegaría un tiempo en el que la garganta del vecino se convertiría en una amenaza mortífera.

Ardides de asesino

Cuentan del asesino que carraspea detrás de sus víctimas poco antes de lanzarse sobre ellas. Los sicópatas tienen muchas formas de señalar su territorialidad y esta debe de ser una como cual­quiera otra. A fin de cuentas, un carraspeo trasero pasa totalmente desapercibido, siempre que no sea reiterado. Lo curioso del caso es que ninguna de sus víctimas ha podido contarlo. ¿De dónde ha salido, pues, este rumor que crece cada día? La prensa y la televisión no dejan de especular sobre la naturaleza del mencionado carraspeo, como si a la gente le importara si es abrupto o sonoro, si es simple o lleva musical ritornelo. Lo que los ciudadanos quieren saber es cómo distinguir en esa fracción vital de segundo el carraspeo del malhechor del de los cientos de vecinos que pasean sus catarros por la vía pública. Porque a fuerza de tanto escapar corriendo, el aire de esta ciudad ya empieza a ser irrespirable.


(Fuera pijamas, Montcada-Barcelona, 2010, p. 79)

miércoles, 18 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 2. La masa casera

Detalle de la Columna Trajana. Roma
En la era global cualquier crisis de amplio espectro tiene su levadura: las noticias, las opiniones, las ruedas de prensa y los pareceres de los mentideros la inflan en el horno cotidiano hasta duplicar o triplicar su tamaño. Nunca tanta información ha desinformado tanto. Qué difícil es serenarse, reflexionar y sacar conclusiones propias que no se vean ensombrecidas por la teoría de la conspiración, las visiones de los apocalípticos, la manipulación de los medios o la orquestación de los políticos. Para colmo, se ha desatado como nunca el espíritu de consejero que, al parecer, todos llevamos dentro, y las propuestas de libros, músicas, películas, recetas de cocina o ejercicios físicos caseros para sobrellevar el confinamiento abruman casi tanto como sobrecoge la imagen de un ejército infernal de coronavirus invadiendo a lo Hitler el planeta. Por no hablar de las citas diarias con el balcón para proclamar las bendiciones de los unos y las maldiciones de los otros. El virus monárquico pasará, pero quedará, como secuela de imponente magnitud, la atrofia de nuestro principal sentido: el común. Esa sí que será una crisis comunitaria.
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Aprovecho este encierro para revisar un libro que, coronavirus mediante, saldrá en los próximos meses. No sé si saldrá contaminado, pero de una cosa estoy seguro: será contaminante.
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Como, pese a lo dicho antes, uno es animal gregario, combino estos días varias actividades siempre placenteras. Leo cuentos de Flannery O'Connors para conocer mejor las entrañas de mis conciudadanos; releo Las Musas de Walter F. Otto en busca de vuelos poéticos; leo Zenobia, l'ultima regina d'Oriente de Lorenzo Braccesi, joyita que me traje de Roma y que ahora ilustra las estrategias marciales del virus; escucho en mi estudio las músicas de este mundo maltrecho (Shirley Horn, John Coltrane, Sharon Van Etten, Bach, Mina, Schumann...); y cocino, evocando mis días romanos, pastas y pizzas con masa casera. Es lo que más me conmueve e inquieta: la masa casera que todos somos.


domingo, 15 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 1. La vigilia espartana

P. Brueghel el Viejo, El triunfo de la Muerte (ca. 1562)
Museo del Prado. 
Como Cádiz es casi una isla (paene insula), el aislamiento es cosa de casi rutina. Pero claro, esto es así en el lúdico mundo de las palabras, no en la hosca realidad de estos días. Mientras en uno de los canales de la televisión nos infunden ánimo apocalíptico con la película Godzilla, yo guardo con escudo y lanza de hoplita la siesta de mis padres, ambos en anciana y doliente vulnerabilidad, ambos asustados ante este inesperado Fin de los Tiempos. Ellos, que han vivido la Guerra Civil y la larga posguerra. Ellos, que han pasado hambre y sufrido todas las miserias que trajo el franquismo. ¿Quién les iba a decir que en pleno siglo XXI, en la posposmodernidad sin fronteras, un bicho microscópico con nombre de nefasto atributo monárquico iba a quitarles el sueño, a recordarles cruelmente con cada segundo de los informativos que están en la parrilla de salida, que esos globos multitentaculares vienen a por ellos. Mientras la maldita televisión nos regala la ruina de los reinos del capitalismo a manos de Godzilla, mis padres procuran olvidar por un rato su condición de ancianos y enfermos. Pero las siestas ya no serán iguales; quién sabe si habrá siesta en los días venideros. Aprieto la lanza y pongo firme el escudo, no sin antes lavarme muy jabonosamente las manos.