miércoles, 23 de diciembre de 2020

Calvino sigue su andadura

 


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Seguimos en movimiento

 




viernes, 9 de octubre de 2020

Calvino en Jaén

 


sábado, 3 de octubre de 2020

Calvino en Cádiz

 


domingo, 13 de septiembre de 2020

Mi Italo Calvino en El Cultural

 En El Cultural de El Mundo se habla de mi biografía de Italo Calvino, que estará disponible en las librerías a partir del 15 de septiembre.



miércoles, 12 de agosto de 2020

Tres resoplidos estivales

Para María del Mar; ella sabe bien por qué

... 

1. Quienes me conocen bien saben que tiendo a ver la botella medio vacía. Cuando en pleno confinamiento se difundía el ritornelo happy flower que aventuraba un cambio para mejor en las mentalidades y el espíritu humanos, yo, desde mi pesimista atalaya, no podía evitar que el líquido menguase en la susodicha botella. Y hoy, en este agosto del año maldito de 2020, me reafirmo: la especie a la que pertenezco lleva el gen de la autodestrucción. "Saldremos mejores", "Seremos más solidarios". Pues no: hemos salido blandiendo aquello de "Sálvese quien pueda", o esto otro: "Me importan un bledo los demás". Por eso este virus apocalíptico subsiste, porque cada día lo alimentamos con nuestras células malignas.

2.  La pandemia también ha alterado las células léxicas. Los políticos y los periodistas, desde una ignorancia y una estulticia que parecen ser marca de oficio, nos han asaeteado con dardos (¡ay!, si Lázaro Carreter levantara la cabeza) como "nueva normalidad", "desescalada", "distanciamiento social". Aquí ha quedado eso, para uso y repetición de la ciudadanía adocenada. Esta crisis sanitaria, social y política ha venido a confirmar nuestra naturaleza gregaria, apacentada por las redes sociales y los aplausos vespertinos.

3. Otras de las memeces que ha iluminado el cielo de los fuegos artificiales ha sido la de que muchos de los fallecidos tenían patologías previas, por lo que no se morían por el maldito virus, sino a consecuencia de esas patologías. Como si el bicho fuese un simple acompañante en el último trecho. Pues no, mire usted: la gente no se muere con el coronavirus, se muere por el cononavirus. La filología sirve para saber qué cosa es el complemento agente (políticos y periodistas habrá, salidos de la LOGSE, que busquen en Wikipedia quién es el tal y misterioso fulano). ¿Hubieran fallecido de esas patologías previas si el virus no las hubiese potenciado hasta el exterminio? En muchos casos posiblemente no; al menos no en ese momento. Se entenderá mejor lo que pretendo decir con una imagen. En el borde mismo de un acantilado hay una persona contemplando la inmensidad del mar. El riesgo de caída es indudable, pero esa posición per se no basta para que se precipite. He aquí que aparece alguien por detrás y... ¿Qué o quién es el responsable de la muerte? ¿La situación de riesgo en que se encontraba el ahora fallecido o el repentino agresor, trasunto aquí del covid19?

...

A modo de desahogo final

Frente al mar del descanso escucho a Caetano Veloso. La voz undosa del brasileño mece "La barca", la hermosa canción que compusiera Roberto Cantoral. Por un momento veo la botella algo más llena. Y se me antoja una cerveza.  

lunes, 20 de julio de 2020

Calvino en septiembre

En septiembre saldrá la biografía, con este estupendo traje.

martes, 26 de mayo de 2020

Biografía de Italo Calvino y premio

Después de casi once años de trabajo, llega a buen puerto mi biografía de Italo Calvino. Ayer la Fundación Cajasol y la Fundación Lara emitieron una nota de prensa con los ganadores de sus dos premios anuales, y hete aquí que servidor ha ganado en la modalidad Premio de Biografías Antonio Domínguez Ortiz 2020, con la obra titulada Italo Calvino: el escritor que quiso ser invisible. Enorme alegría en estos tiempos convulsos. 



jueves, 9 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (16). De santidades y prodigios.

Caricatura del siglo XIX. Lluvia de animales.
Fuente: Wikipedia
A fuerza de santidad celebrada, la más santa de todas las semanas transcurre entre el retiro laico de unos y la devoción lagrimada de otros. La Pasión esta vez, como pocas, va por dentro: recorre el salón, la cocina, el baño, los balcones... Porque pacientes somos todos, tanto por sufridores como por esperanzados. Junto con las palmas gratulatorias, habrán de oírse rezos y entonados mea culpa. Todo para lograr que el dios venerado, sea el que sea, afloje la mano opresora y distienda la presión del castigo. 
Como es sabido, los romanos antiguos eran gente muy supersticiosa, y no poco de aquellos temores hemos heredados sus descendientes en esta Europa enlutada. Basta leer la recopilación de prodigios que recogió Julio Obsecuente (ss. IV-V) para pecatarse de que para un romano lo más importante era el do ut des ("te doy para que me des"), esa pax deorum que les permitía una vida en armonía con las fuerzas celestes, marinas y telúricas. Los sucesos narrados en el librito de Obsecuente evidencian que algo se hacía mal en la esfera de lo religioso. El esquema era simple: los hechos insólitos constituían la aterradora antesala de seguras desgracias. Había, por tanto, una advertencia, si bien ya nada podía hacerse por evitar las consecuencias. He aquí un ejemplo. Aconteció en el I consulado de Gayo Terencio Varrón y el II de Lucio Emilio Paulo. 
... 
En Roma, en el Aventino, y también en Ariccia, cayó una lluvia de piedras y al mismo tiempo de abundante sangre. Manó de un manantial muy frío agua caliente. En vía Fornicata, que estaba junto al templo, algunas personas resultaron heridas y muertas por un rayo. Se siguió aquel memorable desastre de Cannas. Fue tomada la aldea de Apulia, donde murió Paulo Emilio junto con sus cuarenta mil infantes, dos mil setecientos jinetes y más de tres mil romanos; Aníbal ocupó la Campania.
[Trad. A. Moure Casas]
...
Los signos de lo que hoy padecemos estaban ahí. No eran ni el llanto de una efigie mariana ni el nacimiento de un ternero bicéfalo ni una lluvia de renacuajos... Mientras la vida corría apresurada, el capitalismo salvaje, el ecocidio, la globalización, los recortes en Sanidad, la privatización de servicios básicos... enviaban sus señales. Pero pocos las vieron y a estos, pocos les prestaron atención. Hoy, Jueves Santo, toca a muchos llorar con encogimiento, o recogerse (¿aún más?) con llanto. Queremos pensar que cuando amaine el brutal temporal saldrá el sol benévolo y justo. Por querer no será. Pero, ¿será por querer?

domingo, 5 de abril de 2020

Diario de un confinamiento, 15. Umberto Eco, Paolo Fresu y el veneno.

La risa apaga el miedo y sin miedo no hay fe. Es la tesis de Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego de El nombre de la rosa. Al convertirlo en el alter ego de Borges, Umberto Eco trasformó en Burgos su origen, con lo que el papel  de cancerbero de la fe quedaba en manos de un oriundo de las tierras en las que años más tarde nacería la Inquisición española. Señor de un reino de tinieblas, un inmenso laberinto librario, Jorge de Burgos, cuyo rostro pétreo encarnó magistralmente el actor Feodor Chaliapin, Jr., establece, diríamos hoy, un cordón sanitario para evitar que el libro II de la Poética de Aristóteles, infectado con el virus de la risa, caiga en manos de los monjes. Y combate el virus con veneno. Estamos en el siglo XIV, en el trecho final de la Edad Media en Italia. 
...Más de seis siglos después, en España, la España inquisitorial, hay hordas de inquisidores combatiendo el nuevo virus con el viejo veneno del odio. Con una diferencia abismal: los monjes de entonces eran gente docta; los inquisidores de hoy, enjambrados en la colmena de VOX y el PP, representan la ignorancia más alarmante, la inquina más canalla. 

* * *
Ahora suena el jazz italiano de Paolo Fresu, el tema "Una frutta e una pigna", y me traigo recuerdos de San Remo, Turín, Bolonia, Urbino, Florencia, Venecia, Roma... Las calles que en días más benévolos recorrí, los bares en los que me senté a ver pasar las nubes. Cuando la vida se escapaba hacia fuera. O ese vino dulce que tomé en el Mercato Trionfale de Roma, cerca de mi casa, y que me supo a éxtasis teresiano. O ese palacete de Santa Croce de Venecia desde el que veíamos el trasiego cotidiano de las barcazas. Italia, la vírica Italia.

viernes, 3 de abril de 2020

Diario de un confinamiento, 14. Sarah Vaughan y el extravío

Confieso mi devoción por Sarah Vaughan, cuya voz estimo la mejor, de largo, del jazz. En estos días de cautiverio domiciliario van desfilando por el equipo de mi estudio todos los discos de jazz que he ido atesorando durante años. Si ayer terminé la jornada con Shirley Horn, hoy la he comenzado con Vaughan. Escuchar su preciosa voz debe de ser lo más parecido a dejarse inundar por la dulce luz de esos seres mágicos que llaman ángeles. Mientras escribo estas líneas suena I'm lost. Aunque su extravío es de amores, así es como nos sentimos en esta etapa desdichada de nuestra vida: perdidos. Por eso, para no perder el norte que hoy vemos tan desvaído, es preciso dejarse llevar de la mano por las músicas de este mundo, las literaturas de este mundo, el amor de este mundo... El único tan tristemente palpable.

* * *
Estadísticas, información veraz o mendaz, fishing, memes, chistes, vídeos de todo lo visible, autoayuda, sicólogos oportunistas, buenismo estomagante, denuncias, gritos de dolor, palmas de agradecimiento, riñas domésticas, emails institucionales, advertencias familiares, fotografías de añoranza, instrucciones de higiene, ofertas de préstamos, mensajes cariñosos de los bancos, lamento de amigos... Nunca estuvimos (y no sé si alguna vez más estaremos) tan perdidos.

miércoles, 1 de abril de 2020

Diario de un confinamiento, 13. De sueños apocalípticos y otras mortificaciones

San Jerónimo, de Jan Massys. Museo del Prado
Imaginad al escena. Estamos en la sala del Juicio Final. Toca el turno a San Jerónimo, a quien Dios pregunta: "¿Eres un verdadero cristiano?". Algo atribulado, reponde afirmativamente, mas Dios lo corrige: "No, tú no eres cristiano, tú eres ciceroniano". Si midiéramos con los parámetros de hoy el eco del célebre sueño de San Jerónimo, diríamos que se hizo viral en la Edad Media y provocó un sinfín de variantes, todas ellas ilustradas con el mismo pecado nefando: haber leído más de la cuenta a los escritores paganos. Durante siglos, numerosos monjes se vieron mortificados en sueños y visiones por demonios, reptiles y otros seres monstruosos.
Viene a cuento esta historia por la frecuencia con la que en estos días hemos recurrido (sí, yo también) a las imágenes devastadoras del Apocalipisis. Aquellos monjes vivían, cada uno en su sueño, un apocalipsis personal, un acabamiento de todo entre sufrimientos inefables enviados por el Príncipe de las Tinieblas. Después de unos inicios turbulentos, debo reconocer que voy recuperando el sosiego nocturno y ya empiezan a visitarme imágenes gratas, escenas de dulce recuerdo. A juzgar por esta recuperación de los placeres nocturnos, los expertos (que tanto abundan de todos los colores en esta crisis) sentenciarán que he llegado a la meseta, a la forma aplanada del pico, y ahora comienzo el suave declive, cual un Petrarca descendiendo de la cumbre del Ventoux en alas de las nubes. No sé qué pensar. Por si acaso, brindo por ello con vino, aunque sea la forma más rápida de invocar a todos los demonios. 

* * *
Cerrar las calles y las plazas, los ríos y los bosques. Amurallar los prados y las cumbres, los desiertos y los lagos. Aislar el aire y las nubes, la luz primeriza y la luz crepuscular. Rechazar el contagio del  sol y a la caricia lunar, el beso de la brisa y la lluvia. En definitva, confinar hasta en los confines del mundo. Si hay un después, ya no será lo mismo. Es más fácil levantar barreras que derribarlas.

lunes, 30 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 12. Si nos roban el mar.

Playa de la Caleta (Cádiz).
Foto de Antonio M. Obrero
Esta noche he soñado que nos arrebataban el mar. Como nos han arrebatado el aire y el sosiego, el abrazo y la reunión amical. Y he salido casi dormido de una pesadilla para entrar en otra casi despierto. Vivo en una ciudad-isla, tengo la playa a cinco minutos de casa y desde mi terraza veo retales del mar del sur y del mar del este. Pero esa cercanía no ha impedido que la amenaza del robo se haya instalado en esta mi mañana delicadamente nubosa. Cuando mi sobrino J. era pequeño y venía a Cádiz de vacaciones estivales, yo solía advertirle de que no fuese a la playa de la Caleta en domingos alternos de julio y agosto, porque a las 15:00 h. en punto los operarios del ayuntamiento vaciaban el mar de esa playa para la limpieza de las arenas y los roquedales. Apenas  duraba media hora, una limpieza velocísima en manos de trabajadores muy experimentados, porque es el tiempo que los peces, sabedores de que volverían a su medio, podían aguantar en seco. Y le advertía del peligro de que estuviese en el mar justo cuando se retiraba el gran tapón, porque más de un niño había sido succionado y su cuerpo había aparecido en las antípodas, en una playa australiana o indonesia. Mi sobrino dejó de creerme, creo, la segunda o tercera vez que repetí aquella fabulación. Sin embargo, esta mañana la imagen del mar desapareciendo por un minúsculo agujero ha venido a significar lo que estamos viviendo: la vida en todas sus manifestaciones succionada por un microscópico bicho. Aquellos peces que contenían la respiración media hora somos todos nosotros, angustiados por no saber si resistiremos hasta que el mar regrese. 

* * * 
Para conjurar estas y otras pesadillas, pongo en mi estudio músicas de este mundo. Ahora suena el disco O qué será de Albert Sanz Trío, con Sanz al piano, Javier Colina al contrabajo y Al Foster a la batería. Y suena como los flujos de la pleamar sobre las rocas, como la vida naufragante arrastrándose hacia el sol que inunda la orilla. 

* * *
Leo a Irene Vallejo, a Auden, a Pavese, releeo a Calvino, a Umberto Eco. Ayer el programa de Emilio Lledó fue una isla, y no es poco que nos regalen una isla en estos días. Por fortuna, los virus aún no han aprendido a nadar. 

domingo, 29 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 11. La hora en que vivimos

Medir el tiempo, esa antiquísima obsesión. Si algo bueno traen estos días de plomo es que el tiempo es laxo, se estira como una buena masa y, en cierta medida, lo modelamos a  nuestro antojo. Una hora menos de confinamiento, dicen, decimos. Una hora más de luz solar. Abrir los ojos por la mañana con el tiempo detenido, con la cruel estadística esperando a los pies de la cama. Pero también alargar las piernas hasta el fondo del edredón y saber que nada urge, que el lavavajillas no es más que un amasijo de cables y la lavadora una generala contra la que es sano insubordinarse. Desempolvar los juegos de mesa y llenar el salón de risas por el más tonto equívoco, por el más trivial despiste. Leer como quien abraza la biblioteca preterida, esa vieja amiga que todo lo perdona. Medir el tiempo es esto: no medirlo, ignorarlo incluso. Aunque sea a ratos y en un sueño irreal del que algún día despertaremos para correr al trabajo, a la peluquería, al bar, a casa de los abuelos que hayan sobrevivido al virus y a la ignominia de los políticos holandeses.

* * * 
Emilio Lledó, el imprescindible que esta noche estará en el programa de TV2, espera que esta crisis nos sirva para salir de la caverna. La filosofía como antídoto contra el miedo y la desesperanza. El maestro es sabio y los sabios saben sacar enseñanzas de la penuria, la desdicha y la extrañeza. Pero salir de la caverna platoniana no es fácil sin haber leído a Platón, y me temo que quienes tienen las riendas del desastre y quienes aspiran, ahora tan indignamente, a tenerlas más tarde andan bastante ayunos de las lecturas más elementales, esas que dan consistencia y sentido a los valores humanos. 

* * *
Termino con un poema sobre el tiempo que vendrá (y el que se fue):
...
SALDO NEGATIVO
...
«Somos el tiempo que nos queda»
J. M. Caballero Bonald
...
El tiempo que nos queda,
el alba que retrasa sus candores,
la hora que eclosiona primeriza,
el viento destrenzado por las ramas,
la niebla que blanquea la campiña,
las olas orillando las arenas,
la noche camuflada por el día,
el agua que destilan los veneros,
la flor en los jardines perseguida,
los hijos abismados en tus brazos,
el amor que de amor vive transido,
la amistad con dolor verificada,
el dolor encallado en los bajíos...
...
El tiempo que nos queda
dormita agazapado en las palabras.
...
(Del libro No quieras ver el páramo, Sevilla, Siltolá, 2010)

viernes, 27 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 10. De autoayuda, cabronadas y `carpe diem'

Como era de esperar, en esta pandemia brotan, como hongos en las húmedas faldas de los bosques, las invocaciones al "Crecimiento Personal y la Autoayuda". Así, entregados a un ejercicio espiritual en el baño, una postura de yoga en el dormitorio o la repetición, cual ritornelo pajaril, de las propias fortalezas, muchos creen conjurar el miedo y la vulnerabilidad sicológica que se han instalado tan repentinamente en nuestras vidas. No me parece mal: cada cual eche mano a los recursos de que dispone, si en ello le va el bienestar siquiera de unos días. Pero no puedo evitar que ya me estomague esta especie de gigantesco grupo de terapia en el que sobran vendedores de paraísos mentales y componedores de elixires prodigiosos. La situación que vivimos es, simple y llanamente, una gran cabronada. Y prefiero mi rabia contenida a cualquier alarde impostado de alegría o dulce sometimiento. 

* * *
El carpe diem, queridos amigos de lo Clásico, está muy bien cuando en su nombre se alza una copa de vino, se mira el paso airoso de la persona amada, se toma el sol junto a rocas batidas por la marea de mayo. Sin embargo, el día que hoy podemos atrapar tiene poco de celebración. Si acaso, que constituye un paso más hacia... Quién sabe. Es difícil combatir la rabia con el epicureísmo literario. Este solo me sirve hoy para recordar lo que tuvimos, ya cantado en este poema escrito hace más de una década:
 ..
..
CARPE DIEM
...
Esta música, el sol, la poesía,
los amigos sedientos de palabras,
el amor siempre en busca de aposento,
las huellas venideras de algún viaje,
las flores de tu sexo en mis jardines,
esa risa, por dios, tan de mañana…
...
todo ello justifica la osadía
de vivir en la piel de lo primario,
de encarar el azote de los fríos
sin el abrigo tosco de la vida.
..
....
(Del libro No quieras ver el páramo, Sevilla, Siltolá, 2010)

jueves, 26 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 9. Natalia Ginzburg y los puentes

Cuenta Natalia Ginzburg en Lessico famigliare que ni ella ni sus hermanos fueron a la escuela primaria porque su padre, médico anatomista e histólogo, decía que en la escuela estaban expuestos a los microbios. Aprendieron en casa, con maestras a domicilio, entre las que se contaba la propia madre, que enseñaba aritmética y geografía a la niña Natalia. Ernesto Ferrero, uno de los editores de Einaudi a partir de la década de los 60 del siglo XX, recuerda ese detalle en su libro I migliori anni della nostra vita, el volumen nostálgico que dedica al trabajo en la editorial: "perché suo padre, il celebre anatomo-patologo Giuseppe Levi, voleva risparmiare alla figlia il contagio delle malattie infettive". 
Ha querido el azar que, repasando lecturas para un libro que tengo entre manos, haya reparado en esta prevención del padre de Natalia. La escritora nació en 1916, por lo que sus años escolares transcurrieron en la década del 20. Por tanto, tenía dos años cuando la pandemia llamada "gripe española" causó más muertes en el mundo que la Gran Guerra. En Italia se calcula que fallecieron unas 650.000 personas. El padre de Natalia, como tantos padres en el mundo en estas semanas, temía la amenaza vírica fuera del hogar. Aunque a sus hijos solo los privó de la escuela comunitaria, porque los pequeños Levi retozaban en jardines, plazas y prados. Aquella Italia, esta Italia.

* * *
Siempre me ha gustado el simbolismo de los puentes sobre las aguas. Al unir riberas lejanas, cuando no antagonistas, el puente reivindica su función conciliadora y solidaria. Esta mañana he comprobado lo fácil que resulta ahora fotografiar el puente de la Constitución de 1812 en la más absoluta soledad. Insólita y bella imagen, pero también siniestra, porque podría pensarse que ha perdido la más primaria de sus virtudes. Mas solo en parte. La solidaridad sigue inmutable, trufada de empatía: si dos personas no se abrazan, dos orillas no se reencuentran. Esa ha sido su lección de hoy. 


miércoles, 25 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 8. Vivir hacia arriba

El ser humano es como el agua: siempre busca un resquicio por el que aliviar su flujo. En estos días de asfixiante encierro la vida ha ascendido a las alturas, a los balcones, terrazas y azoteas, esos espacios de los edificios que nunca como ahora habíamos valorado tanto. Tengo la suerte de vivir en un ático con una gran terraza, lo que me permite dar un paseo diario de 2.000 pasos, unos 1.600 mts. Hoy he visto a un hombre y un niño practicando jogging en una azotea. En otras circunstancias hubiera pensado que tal carrera estaba provocada por algún delito o desgracia. Cuando no sabemos o no podemos vivir hacia abajo, vivimos hacia arriba. Como los salmones del otro día, nadamos afrontando los elementos. Con cielos así la cuarentena templa sus rigores.

* * *
Leo en alguna página de las redes que la cultura adquiere en estos día un valor inusitado. El valor es intrínseco, lo que este confinamiento aporta es un altavoz para que aireemos nuestras preferencias. Antes leíamos o escuchábamos música en callado recogimiento, y acaso alguna vez confesábamos el título de algún libro o disco admirado. Ahora las redes son un intercambio constante de recomendaciones, muchas de ellas in situ, ante una biblioteca bien nutrida o un salón de amplia mirada. Lo que estamos haciendo, queridos lectores, es abrir cada vez más la intimidad de nuestros hogares. Cerramos la puerta a un virus y abrimos la ventana a quién sabe qué.


martes, 24 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 7. Nuestros muertos, nuestros mayores

Ayer el coronavirus se llevó la vida del padre de un amigo querido. A la enorme tristeza de una muerte súbita se sumó la ausencia de los amigos y seres queridos del difunto en el momento del adiós. Necesitamos despedirnos de nuestros muertos, sentir la cercanía de su cuerpo en las horas del tránsito, sentir que aún sentimos su aliento y sus últimas palabras. El coronavirus ha venido a subrayar, como una lección macabra, que los ancianos son (seremos) carne de deshecho. La tardanza con la que se ha actuado en los centros de mayores es claro indicio de que constituyen la última preocupación. Son el vagón de cola que se desengancha y se deja a su suerte cuando todo el convoy peligra. Hoy el sol ha salido a medias, a medias sigue la vida, mientras pienso en los padres de otros muchos amigos, en mis padres. Después de esto todavía nos quedará un largo luto de tristeza. Mientras envejecemos.

* * *
Qué hubiera sido de esta pandemia sin Internet. Estar conectados en el dolor, pero también, cuidado, en el miedo. Sin embargo, en esta dura prueba me reafirmo en lo que siempre he pensado: escuchar una voz al otro lado del teléfono es un don preciado que merece la pena rescatar. Las redes sociales enfrían los sentimientos y a menudo los rebajan, convirtiéndolos en diatriba, cuando no en impostado desahogo. Una voz que llora, una voz que ríe, una voz que tiembla. Un tesoro en días de miseria.  

lunes, 23 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 6. Alba, música, Atlas y salmones

Atlas Farnesio. Museo Arqueológico
Nacional de Nápoles
Hoy sí ha amanecido. A su hora, con claridades que preludiaban un precioso día primaveral. Está ahí, al otro lado de la ventana, con pájaros y nubecillas tímidas. Así van pasando las jornadas: de la sombra a la luz y vuelta a la sombra. La música es el mejor antídoto para todos los males. En mi estudio suena ahora "Over the rainbow" en el clarinete de Pee Wee Russell, uno de esos dioses que bajaron del Olimpo para alegrarnos la vida.

* * *
Hoy una amiga cumple 50 años, pero la cuarentena la rejuvenece. Yo advierto que ya pasé de largo ese cumpleaños cuando en estos días hago ejercicios para aliviar el cuello y las cervicales. Se me viene el peso del mundo sobre los hombros y compadezco al pobre Atlas, que ahora soporta un planeta infectado. Para los gigantes no hay mascarillas.

* * *
Mi terraza tiene de largo exactamente 25 pasos míos. Por la tarde, cuando el sol la ha caldeado un poco, la recorro hasta completar los 1000, los 1500 pasos. Mientras camino pienso que la vida se nos va en cada paso, en cada sorbo de café, en cada beso. Vivir a fin de cuentas es pura rebeldía, un batallar continuo para remontar la peligrosa corriente. Para darme el coraje y la tenacidad del salmón frente a la amenaza del oso pido a Pee Wee Russell que suene de nuevo "That old feeling", y el maestro me complace. Pasan aves arañando el cristal de mi ventana.

domingo, 22 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 5. El alba y el espejo

Esta mañana no ha amanecido. Son las 11:28. Por más que miro por la ventana hacia la región de levante, donde cada día clarean los perfiles del puente de la Constitución de 2012, no parece que hoy tengamos alba. Es algo insólito, diréis. No, lo insólito ya no existe; lo insólito ha mutado en sólito y viene a instalarse en nuestras vidas. Preparo un segundo café. Miro por la ventana. Tampoco los pájaros se han despertado.

* * *
En tiempos de confinamiento es preferible no mirarse en el espejo. Este artefacto cruel adquiere un protagonismo inusitado y disfruta viendo desde el otro lado nuestro desvalimiento. El espejo es otra cárcel que nos impusieron para acallar nuestros más íntimos lamentos. Dales un espejo y verás cómo ya no se sienten tan solos, dijo alguien. Pero en estos días oscuros toda duplicidad hurga en la herida y duele más la condena. Atrapado en la ciudad, atrapado en un edificio, atrapado en un piso, atrapado en un espejo.

* * * 
Diréis que estos escritos son muy pesimistas, y diréis bien. Decidme qué música, qué voz, qué labios traerán nuevas claridades que relumbren en la faz de los espejos.   


viernes, 20 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 4. Pasión e incertidumbre

Perseo Triunfante. Museos Vaticanos
Suena en mi estudio La Pasión según San Juan de Bach. La pasión siempre es interior. En el mundo exterior alguien pasea un perro de escayola, alguien pasea por la tarde la compra de la mañana, alguien busca una farmacia para adquirir la enésima caja de Paracetamol. La calle no es nada sin alguien que camine. Por eso cuesta tanto arrebatarle a la calle lo que es suyo. Lo malo de un confinamiento forzoso viene después, cuando descubramos que hemos perdido para siempre nuestra calle de ayer y que la de mañana solo será un pálido reflejo. Tampoco nosotros seremos ya los mismos.

* * *
No voy a engañarme: hoy no tengo ánimos para nada. Lo de salir es lo de menos, con ser duro; lo peor es la incertidumbre, el color plomizo que van adquiriendo los días en una primavera que debería ser esplendente, como lo es siempre en el Sur. Pienso en Roma, ciudad en la que pasé una temporada hace cuatro meses, y no imagino mi calle Andrea Doria desierta, el aire solitario mecido por la hilera de platanos que se extienden hacia el viale delle Milizie. Ni cerrado el Antico Caffè Doria, el mismo que abría 24 h. resistiendo tormentas y vendavales. La vida es tan mutable, tan imprevisible. Hoy somos cántico de júbilo, mañana oración quejumbrosa. Dicen que la poesía, el amor y la amistad ayudan a soportar la cruel mudanza de estos días. Dicen. Prefiero la espada de Perseo.   

jueves, 19 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 3. El carraspeo mortífero

Nunca me han gustado las gaviotas. Hay algo de siniestro en ellas que las aleja para mí de esa imagen cursi y manoseada que las pinta o fotografía en vuelo sobre el mar de poniente. Quizá sea porque vivo en un ático que a veces se muda en nave azotada por el levante y acosada por las gaviotas, por sus chillidos estridentes, por sus excrementos que todo lo empuercan. Sin embargo, hoy las veo desde mi ventana y trazan en el cielo el paseo que yo no puedo dar, la carrera que no podemos dar. Y no sé si maldecirlas o bendecir que ahí fuera aún queden seres que gozan de plena libertad.

* * *
Escribí este microrrelato hace algunos años. Por esos misterios de la vida, estaba vaticinando que llegaría un tiempo en el que la garganta del vecino se convertiría en una amenaza mortífera.

Ardides de asesino

Cuentan del asesino que carraspea detrás de sus víctimas poco antes de lanzarse sobre ellas. Los sicópatas tienen muchas formas de señalar su territorialidad y esta debe de ser una como cual­quiera otra. A fin de cuentas, un carraspeo trasero pasa totalmente desapercibido, siempre que no sea reiterado. Lo curioso del caso es que ninguna de sus víctimas ha podido contarlo. ¿De dónde ha salido, pues, este rumor que crece cada día? La prensa y la televisión no dejan de especular sobre la naturaleza del mencionado carraspeo, como si a la gente le importara si es abrupto o sonoro, si es simple o lleva musical ritornelo. Lo que los ciudadanos quieren saber es cómo distinguir en esa fracción vital de segundo el carraspeo del malhechor del de los cientos de vecinos que pasean sus catarros por la vía pública. Porque a fuerza de tanto escapar corriendo, el aire de esta ciudad ya empieza a ser irrespirable.


(Fuera pijamas, Montcada-Barcelona, 2010, p. 79)

miércoles, 18 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 2. La masa casera

Detalle de la Columna Trajana. Roma
En la era global cualquier crisis de amplio espectro tiene su levadura: las noticias, las opiniones, las ruedas de prensa y los pareceres de los mentideros la inflan en el horno cotidiano hasta duplicar o triplicar su tamaño. Nunca tanta información ha desinformado tanto. Qué difícil es serenarse, reflexionar y sacar conclusiones propias que no se vean ensombrecidas por la teoría de la conspiración, las visiones de los apocalípticos, la manipulación de los medios o la orquestación de los políticos. Para colmo, se ha desatado como nunca el espíritu de consejero que, al parecer, todos llevamos dentro, y las propuestas de libros, músicas, películas, recetas de cocina o ejercicios físicos caseros para sobrellevar el confinamiento abruman casi tanto como sobrecoge la imagen de un ejército infernal de coronavirus invadiendo a lo Hitler el planeta. Por no hablar de las citas diarias con el balcón para proclamar las bendiciones de los unos y las maldiciones de los otros. El virus monárquico pasará, pero quedará, como secuela de imponente magnitud, la atrofia de nuestro principal sentido: el común. Esa sí que será una crisis comunitaria.
. . .
Aprovecho este encierro para revisar un libro que, coronavirus mediante, saldrá en los próximos meses. No sé si saldrá contaminado, pero de una cosa estoy seguro: será contaminante.
. . .
Como, pese a lo dicho antes, uno es animal gregario, combino estos días varias actividades siempre placenteras. Leo cuentos de Flannery O'Connors para conocer mejor las entrañas de mis conciudadanos; releo Las Musas de Walter F. Otto en busca de vuelos poéticos; leo Zenobia, l'ultima regina d'Oriente de Lorenzo Braccesi, joyita que me traje de Roma y que ahora ilustra las estrategias marciales del virus; escucho en mi estudio las músicas de este mundo maltrecho (Shirley Horn, John Coltrane, Sharon Van Etten, Bach, Mina, Schumann...); y cocino, evocando mis días romanos, pastas y pizzas con masa casera. Es lo que más me conmueve e inquieta: la masa casera que todos somos.


domingo, 15 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 1. La vigilia espartana

P. Brueghel el Viejo, El triunfo de la Muerte (ca. 1562)
Museo del Prado. 
Como Cádiz es casi una isla (paene insula), el aislamiento es cosa de casi rutina. Pero claro, esto es así en el lúdico mundo de las palabras, no en la hosca realidad de estos días. Mientras en uno de los canales de la televisión nos infunden ánimo apocalíptico con la película Godzilla, yo guardo con escudo y lanza de hoplita la siesta de mis padres, ambos en anciana y doliente vulnerabilidad, ambos asustados ante este inesperado Fin de los Tiempos. Ellos, que han vivido la Guerra Civil y la larga posguerra. Ellos, que han pasado hambre y sufrido todas las miserias que trajo el franquismo. ¿Quién les iba a decir que en pleno siglo XXI, en la posposmodernidad sin fronteras, un bicho microscópico con nombre de nefasto atributo monárquico iba a quitarles el sueño, a recordarles cruelmente con cada segundo de los informativos que están en la parrilla de salida, que esos globos multitentaculares vienen a por ellos. Mientras la maldita televisión nos regala la ruina de los reinos del capitalismo a manos de Godzilla, mis padres procuran olvidar por un rato su condición de ancianos y enfermos. Pero las siestas ya no serán iguales; quién sabe si habrá siesta en los días venideros. Aprieto la lanza y pongo firme el escudo, no sin antes lavarme muy jabonosamente las manos.    

miércoles, 5 de febrero de 2020

Jaime Siles y "Cinco escritoras, cinco escrituras"

Hoy la revista CaoCultura publica, como reseña, el texto que utilicé para presentar el libro de Jaime Siles, Cinco escritoras, cinco escrituras en la Universidad de Cádiz el pasado 29 de enero.