lunes, 11 de noviembre de 2019

Estampas romanas (22): de peregrinos y desaguaderos

Peregrinar no a Roma, sino por Roma. Ser romero en las calles, plazas y puentes con afán de permanencia, no con espíritu de cumplir un voto efímero en su cumplimiento.  
Visto desde el Imperio de Oriente, romero era el occidental que se encaminaba a Tierra Santa, pues se daba por hecho que procedía de Roma. Andando el tiempo se alcanzaba la cualidad de romero por hacer el trayecto inverso: Roma como destino (e incluso Santiago de Compostela). Pero ese venir de gentes peregrinas a veces se veía obstaculizado por el flujo pertinaz del Tíber. Y he aquí que donde hubo un puente romano antiguo, desbaratado por una crecida en el siglo VIII, el papa Sixto, omnipresente en el urbanismo y la monumentalidad de esta ciudad, mandó construir un puente (hoy ponte Sisto) que de nuevo uniese las dos riberas. 
Corría el año del Jubileo de 1475 cuando fue inaugurado, para desahogo del ponte Sant'Angelo, colapsado por el gentío en condiciones peligrosas. Así, desde el Trastévere, exactamente desde la piazza Trilussa, los romeros podían alcanzar la orilla opuesta sin mojarse las sandalias. Suele pasar desapercibido que este puente tiene un quinto ojo (un occhialone), pequeño y redondo, sobre las cuatro arcadas, cuya finalidad es precisamente aliviar la corriente en caso de crecida del río. Así pues, doble desaguadero: de peregrinos por encima para evitar las aguas y de aguas turbulentas a través del occhialone para evitar las riberas. Dos flujos en forma de cruz, desde cuyo eje se contempla el fin último del peregrinaje: la cúpula de San Pietro. 
Qué no habrán visto y ven los ojos de los ríos. Desde arriba nosotros solo captamos el instante fugaz de Heráclito y, con un poco de suerte, un ciempiés como este avistado desde el ponte Regina Margherita. Quién sabe cuántos romeros prefirieron arribar así, a remo tendido, en aventurero descenso desde las colinas de Umbría.  
    
  

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