jueves, 3 de octubre de 2019

Estampas romanas (11): el fervor constantiniano y otras maravillas

Lejos de vaivén turístico, insertadas en un barrio extramuros como entre toscos guijarros, sobreviven dos perlas de la arquitectura paleocristiana: la basilica Sant'Agnese fuori le mura y el mausoleo de Santa Costanza
Sta. Agnese
La vanidad imperial y la devoción cristiana se dieron la mano para crear este hermoso complejo. Como suele suceder en Roma, pisamos terreno sagrado, porque allí, en la actual via Nomentana, fue sepultada mártir y virgen Agnese (Inés), quizá durante las persecuciones del cruel Diocleciano. Andando el tiempo la adoración por la joven impregnó los ánimos del converso Constantino y de su hija del mismo nombre y misma sobrevenida fe, y junto a la catacumba vinieron a levantar, por un lado, un cementerio cubierto del que queda en pie un gran muro semicircular y, por otro, un mausoleo privado destinado al sueño eterno de Constantina. Pero como la fe se fundamenta piedra sobre piedra, tres siglos más tarde el papa Honorio I alzó, para admiración de la cristiandad, la basílica hoy conocida como Santa Inés Extramuros, esta vez justo encima de la tumba de la venerada santa. 
Mausoleo
Si hermosa es la basílica (entre sus maravillas, el enorme mosaico del ábside con la imagen de la santa flanqueada por los papas Símaco y Honorio), en el mausoleo se respira muy otro aire. Convertida en iglesia en el siglo XIII, fue consagrada a la hija del emperador, a la que en el Medievo se identificaba arbitrariamente con una santa homónima. Es lástima que nada quede de lo que fue el mosaico de la cúpula, reemplazado en el siglo XVII por un  manido fresco celestial. En cambio sí pueden apreciarse en el ambulacro varios mosaicos con escenas de vendimia. Y he aquí la gracia del asunto. Comoquiera que hubo humanistas que vieron en ellas reminiscencias de un templo de Baco, en el siglo XVII un grupo de artistas flamencos formaron una asociación (Bentvueghels) en cuyos encuentros, bajo el amparo del dios, debían de correr alegres el vino y la cerveza. 

La fiesta bautismal para los nuevos miembros consistía en una vigilia gozosa que concluía al alba en la "tumba de Baco" (el sarcófago de pórfido rojo que preside el mausoleo, donde debieron de guardarse los restos de Constantina), lugar propicio para tomar allí la última copa. Algunos de sus nombres quedaron grabados en los frescos de los nichos. Pero la fiesta acabó como de costumbre: con la prohibición en el siglo XVIII por el papa Clemente XI de tan disparatado uso pagano. No obstante, digan lo que digan, si afinas el olfato contemplando los mosaicos, todavía huele a vino de taberna.

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