domingo, 29 de septiembre de 2019

Estampas romanas (9): Rosalba Campra en Fahrenheit 451

A menudo la hojarasca macilenta oculta las raíces vigorosas. A menudo el hallazgo de una perla recompensa la dura briega con la marejada. En medio del estropicio turístico en el que se ha convertido Campo de' Fiori, una de las más bellas plazas de Roma, todavía es posible encontrar una flor de extraordinaria frescura: la librería Fahrenheit 451. Frente a las hordas extranjeras que creen haber hallado la romanidad en las tres P (pizza, pasta, panini), la resistencia de Catia, su propietaria, merece un monumento en la plaza, al menos para contrarrestar con una hazaña esperanzadora el triste final de Giordano Bruno, cada vez más cabizbajo en su pedestal. 
En una estancia interna de la librería, adonde no llegaban, milagrosamente, ni los ruidos ni el griterío de la multitud, una veintena de personas entre italianos argentinos, chilenos y españoles pudimos disfrutar en la serata de ayer de la presentación de Sommario. Introducido el acto por el poeta chileno Antonio Arévalo, se dejó ver que el bello librito es otro magnífico ejemplo del maridaje ya antiguo entre la poesía y la imagen (ut pictura poesis), fruto del trabajo conjunto de dos argentinos afincados en Roma: la narradora y poeta Rosalba Campra y el artista Sergio Pallone. 
Si Campra compuso en Resumen (título del original español) hermosos versos que son pinceladas sobre la ausencia, la infancia, el amor... (en suma, el tiempo y sus estragos), Pallone ha realizado una doble traducción: la palabra española en palabra italiana y ambas en grabados. El resultado, una joya presentada en frasco pequeño, como las esencias excelentes. Y el envoltorio del acto no podría haber sido mejor: Fahrenheit 451, que hubiera hecho las delicias del duo Bradbury-Truffaut. Porque aquí los libros desprenden un confortable calor pero no arden, por más que las cenizas de Giordano Bruno sean aventadas en estos tiempos por el fuelle de la intolerancia. 
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Tornando da scuola
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Tornando da scuola, immaginare
il mare remoto, immaginare
sulla sabia azurra appena lavata
l'ombra di un volo.


(R. Campra, Sommario, p, 13)

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