martes, 24 de septiembre de 2019

Estampas romanas (7): vestir y desvestir santos

Cuánto enriquecen los contrastes, el mestizaje, la comunidad de contrarios. Virginia Raggi, alcaldesa de Roma, presentó en el mes de julio un plan experimental de reciclado de botellas de plástico que ya está consolidado en Finlandia o Alemania. Consiste en una simpática máquina que se traga las botellas y las reduce a polvo a cambio de un premio para el usuario: por cada treinta botellas, el artilugio expide un billete simple de transporte de la compañía ATAC, válido para el metro, el bus, el tranvía y algunos trenes de cercanía. La iniciativa funciona, a juzgar por la cola de usuarios con grandes bolsas que pude ver el pasado fin de semana en la estación del metro de Cipro. La alcaldesa y su equipo se dan golpes de pecho y esperan medallas. Hay que decir, en pro de eso que llaman pomposamente Desarrollo Sostenible, que en casi todos los supermercados ofrecen bolsas de plástico reciclable y en los mercados de abastos la fruta ya va servida en bolsas de papel. (Otro contraste de la agresiva guerra contra el plástico: si este contamina más, el abuso del papel agrava la deforestación). Pero como todo anverso tiene su reverso, hete aquí que la ciudad muestra la cara del agravio ecológico con uno de sus bienes más preciados: el agua potable. Buena como pocas que he bebido, el agua se entrega con dispendio a los ciudadanos y extranjeros mediante cientos de fontanelle (o nasoni) públicas. Se agradece este alivio de los calores transeúntes, pero es difícil aceptar que el agua fluya día y noche sin descanso para perderse por los sumideros subterráneos. 

Es un viejo tema de debate en la ciudad que ya agitó las aguas políticas en los años 80 del siglo pasado, y a poco que se indague en la Red, se aprecia el tono encendido de partidarios y detractores ante la posibilidad de instalar un grifo en las fuentes. Abrir y cerrar el chorro después de beber. Algo tan básico. Que si la presión hídrica disminuiría, que si el agua, al no correr, saldría caliente; que ese manar continuo es signo de identidad de la Ciudad Eterna... Ay, qué disparate colosal (y África tan cerca). Pero así es Roma, donde lo pagano y lo cristiano  conviven en un equilibrio secular. Solo aquí podría decirse con propiedad que en materia de desarrollo sostenible es posible vestir a un santo desnudando a otro.  

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