miércoles, 18 de septiembre de 2019

Estampas romanas (5): todo de algodón

Visto así, parece tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. O de delicioso gelato, por cómo reluce. No, no es una pieza de coleccionable vintage, ni forma parte de una maqueta elaborada con primor. Está aparcado en una calle, sobre hojas tempranamente caducas. Tal es la bondad que emana, que es imposible imaginarlo como una amenaza para el desprotegido peatón. Pero no nos engañemos. En Roma no hay piedad para el transeúnte. Uno tiene la sensación de ser carne de atropello desde que pisa esta ciudad. Los pasos de cebra y los pasos con semáforo en verde para el viandante tienen el mismo valor: cero al cuadrado. Constituyen una grave molestia para los conductores de coches y motocicletas, que a toda costa evitan pararse. No siempre son prisas; a menudo se trata de imponer la ley del volumen, de la maquina poderosa, escape en ristre, porque en un vado ha de cruzar primero el más fuerte. Recuerdo que en París me llamaba la atención que la gente cruzara los grandes bulevares por cualquier lugar, sin esperar al menos (como hacemos en España) a que los semáforos cercanos impidiesen el paso de los vehículos. Si aquello era osadía, cruzar una calle en Roma es hoy el verdadero peligro para los caminantes.  

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