domingo, 15 de septiembre de 2019

Estampas romanas (3): el silencio trinitario

No es Roma una ciudad precisamente silenciosa. Como sucede en otras urbes capitalinas, el tráfico infiernal se ha adueñado de las calles. Eso sí, quizá sea la única ciudad del mundo en la que las campanas de las incontables iglesias alzan su reclamo cristiano por encima del clamorío motorizado, recordando varias veces al día que las cosas de este mundo no pueden competir con la música celestial. Pero también en Roma hay rincones en los que el silencio ha enraízado. El silencio que, como un aura de santidad, desprende esta trinitaria estampa. Con qué rapidez los humanos nos convertimos a la religión de la tecnología y abrazamos nuevos misterios; con qué frivolidad nos desprendemos de la piel de los viejos hábitos para embutirnos en una piel nueva, a los ojos brillante y prometedora. En el camino vamos dejando amputados los miembros que un día nos sirvieron callada y fielmente. Cuántos de nosotros hemos reído y llorado con estos artilugios, ya apretara la canícula o se desbaratara el cielo en torrencial diluvio. Cuántas confidencias y secretos guardan, confesados de espaldas al mundo. Este rincón de Roma nos recuerda que una vez tuvimos un bien preciado: la intimidad.   
[Dos días después de publicar esta entrada me encuentro esta otra perla en via Emilio Faà di Bruno. Más moderna sin duda que las anteriores, pues es apta para minusválidos]. 

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