domingo, 5 de abril de 2020

Diario de un confinamiento, 15. Umberto Eco, Paolo Fresu y el veneno.

La risa apaga el miedo y sin miedo no hay fe. Es la tesis de Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego de El nombre de la rosa. Al convertirlo en el alter ego de Borges, Umberto Eco trasformó en Burgos su origen, con lo que el papel  de cancerbero de la fe quedaba en manos de un oriundo de las tierras en las que años más tarde nacería la Inquisición española. Señor de un reino de tinieblas, un inmenso laberinto librario, Jorge de Burgos, cuyo rostro pétreo encarnó magistralmente el actor Feodor Chaliapin, Jr., establece, diríamos hoy, un cordón sanitario para evitar que el libro II de la Poética de Aristóteles, infectado con el virus de la risa, caiga en manos de los monjes. Y combate el virus con veneno. Estamos en el siglo XIV, en el trecho final de la Edad Media en Italia. 
...Más de seis siglos después, en España, la España inquisitorial, hay hordas de inquisidores combatiendo el nuevo virus con el viejo veneno del odio. Con una diferencia abismal: los monjes de entonces eran gente docta; los inquisidores de hoy, enjambrados en la colmena de VOX y el PP, representan la ignorancia más alarmante, la inquina más canalla. 

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Ahora suena el jazz italiano de Paolo Fresu, el tema "Una frutta e una pigna", y me traigo recuerdos de San Remo, Turín, Bolonia, Urbino, Florencia, Venecia, Roma... Las calles que en días más benévolos recorrí, los bares en los que me senté a ver pasar las nubes. Cuando la vida se escapaba hacia fuera. O ese vino dulce que tomé en el Mercato Trionfale de Roma, cerca de mi casa, y que me supo a éxtasis teresiano. O ese palacete de Santa Croce de Venecia desde el que veíamos el trasiego cotidiano de las barcazas. Italia, la vírica Italia.

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