jueves, 9 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (16). De santidades y prodigios.

Caricatura del siglo XIX. Lluvia de animales.
Fuente: Wikipedia
A fuerza de santidad celebrada, la más santa de todas las semanas transcurre entre el retiro laico de unos y la devoción lagrimada de otros. La Pasión esta vez, como pocas, va por dentro: recorre el salón, la cocina, el baño, los balcones... Porque pacientes somos todos, tanto por sufridores como por esperanzados. Junto con las palmas gratulatorias, habrán de oírse rezos y entonados mea culpa. Todo para lograr que el dios venerado, sea el que sea, afloje la mano opresora y distienda la presión del castigo. 
Como es sabido, los romanos antiguos eran gente muy supersticiosa, y no poco de aquellos temores hemos heredados sus descendientes en esta Europa enlutada. Basta leer la recopilación de prodigios que recogió Julio Obsecuente (ss. IV-V) para pecatarse de que para un romano lo más importante era el do ut des ("te doy para que me des"), esa pax deorum que les permitía una vida en armonía con las fuerzas celestes, marinas y telúricas. Los sucesos narrados en el librito de Obsecuente evidencian que algo se hacía mal en la esfera de lo religioso. El esquema era simple: los hechos insólitos constituían la aterradora antesala de seguras desgracias. Había, por tanto, una advertencia, si bien ya nada podía hacerse por evitar las consecuencias. He aquí un ejemplo. Aconteció en el I consulado de Gayo Terencio Varrón y el II de Lucio Emilio Paulo. 
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En Roma, en el Aventino, y también en Ariccia, cayó una lluvia de piedras y al mismo tiempo de abundante sangre. Manó de un manantial muy frío agua caliente. En vía Fornicata, que estaba junto al templo, algunas personas resultaron heridas y muertas por un rayo. Se siguió aquel memorable desastre de Cannas. Fue tomada la aldea de Apulia, donde murió Paulo Emilio junto con sus cuarenta mil infantes, dos mil setecientos jinetes y más de tres mil romanos; Aníbal ocupó la Campania.
[Trad. A. Moure Casas]
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Los signos de lo que hoy padecemos estaban ahí. No eran ni el llanto de una efigie mariana ni el nacimiento de un ternero bicéfalo ni una lluvia de renacuajos... Mientras la vida corría apresurada, el capitalismo salvaje, el ecocidio, la globalización, los recortes en Sanidad, la privatización de servicios básicos... enviaban sus señales. Pero pocos las vieron y a estos, pocos les prestaron atención. Hoy, Jueves Santo, toca a muchos llorar con encogimiento, o recogerse (¿aún más?) con llanto. Queremos pensar que cuando amaine el brutal temporal saldrá el sol benévolo y justo. Por querer no será. Pero, ¿será por querer?

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