miércoles, 1 de abril de 2020

Diario de un confinamiento, 13. De sueños apocalípticos y otras mortificaciones

San Jerónimo, de Jan Massys. Museo del Prado
Imaginad al escena. Estamos en la sala del Juicio Final. Toca el turno a San Jerónimo, a quien Dios pregunta: "¿Eres un verdadero cristiano?". Algo atribulado, reponde afirmativamente, mas Dios lo corrige: "No, tú no eres cristiano, tú eres ciceroniano". Si midiéramos con los parámetros de hoy el eco del célebre sueño de San Jerónimo, diríamos que se hizo viral en la Edad Media y provocó un sinfín de variantes, todas ellas ilustradas con el mismo pecado nefando: haber leído más de la cuenta a los escritores paganos. Durante siglos, numerosos monjes se vieron mortificados en sueños y visiones por demonios, reptiles y otros seres monstruosos.
Viene a cuento esta historia por la frecuencia con la que en estos días hemos recurrido (sí, yo también) a las imágenes devastadoras del Apocalipisis. Aquellos monjes vivían, cada uno en su sueño, un apocalipsis personal, un acabamiento de todo entre sufrimientos inefables enviados por el Príncipe de las Tinieblas. Después de unos inicios turbulentos, debo reconocer que voy recuperando el sosiego nocturno y ya empiezan a visitarme imágenes gratas, escenas de dulce recuerdo. A juzgar por esta recuperación de los placeres nocturnos, los expertos (que tanto abundan de todos los colores en esta crisis) sentenciarán que he llegado a la meseta, a la forma aplanada del pico, y ahora comienzo el suave declive, cual un Petrarca descendiendo de la cumbre del Ventoux en alas de las nubes. No sé qué pensar. Por si acaso, brindo por ello con vino, aunque sea la forma más rápida de invocar a todos los demonios. 

* * *
Cerrar las calles y las plazas, los ríos y los bosques. Amurallar los prados y las cumbres, los desiertos y los lagos. Aislar el aire y las nubes, la luz primeriza y la luz crepuscular. Rechazar el contagio del  sol y a la caricia lunar, el beso de la brisa y la lluvia. En definitva, confinar hasta en los confines del mundo. Si hay un después, ya no será lo mismo. Es más fácil levantar barreras que derribarlas.

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