domingo, 22 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 5. El alba y el espejo

Esta mañana no ha amanecido. Son las 11:28. Por más que miro por la ventana hacia la región de levante, donde cada día clarean los perfiles del puente de la Constitución de 2012, no parece que hoy tengamos alba. Es algo insólito, diréis. No, lo insólito ya no existe; lo insólito ha mutado en sólito y viene a instalarse en nuestras vidas. Preparo un segundo café. Miro por la ventana. Tampoco los pájaros se han despertado.

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En tiempos de confinamiento es preferible no mirarse en el espejo. Este artefacto cruel adquiere un protagonismo inusitado y disfruta viendo desde el otro lado nuestro desvalimiento. El espejo es otra cárcel que nos impusieron para acallar nuestros más íntimos lamentos. Dales un espejo y verás cómo ya no se sienten tan solos, dijo alguien. Pero en estos días oscuros toda duplicidad hurga en la herida y duele más la condena. Atrapado en la ciudad, atrapado en un edificio, atrapado en un piso, atrapado en un espejo.

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Diréis que estos escritos son muy pesimistas, y diréis bien. Decidme qué música, qué voz, qué labios traerán nuevas claridades que relumbren en la faz de los espejos.   


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