domingo, 29 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento, 11. La hora en que vivimos

Medir el tiempo, esa antiquísima obsesión. Si algo bueno traen estos días de plomo es que el tiempo es laxo, se estira como una buena masa y, en cierta medida, lo modelamos a  nuestro antojo. Una hora menos de confinamiento, dicen, decimos. Una hora más de luz solar. Abrir los ojos por la mañana con el tiempo detenido, con la cruel estadística esperando a los pies de la cama. Pero también alargar las piernas hasta el fondo del edredón y saber que nada urge, que el lavavajillas no es más que un amasijo de cables y la lavadora una generala contra la que es sano insubordinarse. Desempolvar los juegos de mesa y llenar el salón de risas por el más tonto equívoco, por el más trivial despiste. Leer como quien abraza la biblioteca preterida, esa vieja amiga que todo lo perdona. Medir el tiempo es esto: no medirlo, ignorarlo incluso. Aunque sea a ratos y en un sueño irreal del que algún día despertaremos para correr al trabajo, a la peluquería, al bar, a casa de los abuelos que hayan sobrevivido al virus y a la ignominia de los políticos holandeses.

* * * 
Emilio Lledó, el imprescindible que esta noche estará en el programa de TV2, espera que esta crisis nos sirva para salir de la caverna. La filosofía como antídoto contra el miedo y la desesperanza. El maestro es sabio y los sabios saben sacar enseñanzas de la penuria, la desdicha y la extrañeza. Pero salir de la caverna platoniana no es fácil sin haber leído a Platón, y me temo que quienes tienen las riendas del desastre y quienes aspiran, ahora tan indignamente, a tenerlas más tarde andan bastante ayunos de las lecturas más elementales, esas que dan consistencia y sentido a los valores humanos. 

* * *
Termino con un poema sobre el tiempo que vendrá (y el que se fue):
...
SALDO NEGATIVO
...
«Somos el tiempo que nos queda»
J. M. Caballero Bonald
...
El tiempo que nos queda,
el alba que retrasa sus candores,
la hora que eclosiona primeriza,
el viento destrenzado por las ramas,
la niebla que blanquea la campiña,
las olas orillando las arenas,
la noche camuflada por el día,
el agua que destilan los veneros,
la flor en los jardines perseguida,
los hijos abismados en tus brazos,
el amor que de amor vive transido,
la amistad con dolor verificada,
el dolor encallado en los bajíos...
...
El tiempo que nos queda
dormita agazapado en las palabras.
...
(Del libro No quieras ver el páramo, Sevilla, Siltolá, 2010)

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