sábado, 21 de diciembre de 2019

El futuro que tuvimos

En los años setenta y aún en los ochenta del siglo pasado, situábamos el futuro al otro lado del umbral de la centuria. El cine se ha encargado de recordarnos que el futuro de aquella humanidad (de esta) comienza con el dígito 2. Si 2001: Odisea del espacio abría brecha, Regreso al futuro II saltaba hasta un lejano 2015 y en 2019 los bellos Lincoln Seis-Echo y Jordan Dos-Delta provocaban el colapso del sistema "dulcemente carcelario" en La isla. Pero lo que más asombro (y espanto) causa a quienes estamos a un paso del segundo umbral es la cercanía (será en 2026) del futuro previsto en Metrópolis, noventa y nueve años después del estreno del hermoso y escalofriante film de Fritz Lang. Un mundo con dos castas: los propietarios y pensadores, dueños de la luz y el aire puro, y los obreros, recluidos en las oscuras galerías subterráneas de la megalópolis. Ahora, cuando nos acercamos al final de una década y comienzo de otra, pienso en ese futuro que imaginábamos de niños, poblado de robots y coches volantes, de máquinas cuyos brazos articulados estarían al servicio de cada acto cotidiano. Entonces ni imaginábamos que el futuro se llamaría Internet, un monstruo con grandes ojos e infinitos tentáculos que se quedaría a vivir para siempre debajo de nuestra cama. Ni que ahí estaría, bajo el benévolo caparazón del que se revisten las grandes mentiras, la distopía de nuestra generación y las venideras.   

No hay comentarios: