jueves, 21 de noviembre de 2019

Estampas romanas (25): peregrinos de la pluma

En alguna otra entrada ya señalé cómo hay vidas que cuelgan de las fachadas. Mas ahora, cercano ya el viaje de retorno a España, vuelvo sobre el asunto con la alforja cargada. 
Porque Roma también ha sido y es residencia de escritores. A los nacionales, cuyos nombres ha grabado profundamente el cincel patriótico, se suman muchos extranjeros, peregrinos de la pluma en la estela de aquel Gran Tour que desde el siglo XVII podían permitirse los jóvenes ingleses de familia adinerada, y que incluía en su recorrido, obviamente, Roma. Ahí se ha querido ver el origen del turismo, como en la subida de Petrarca al monte francés Ventoux en 1336 se ha visto el nacimiento del alpinismo. 
Pero, ay, como el turismo todo lo mastica, traga y regurgita en forma de engrudo comestible, el susodicho monte alberga hoy en su falda puestos de souvenir y restaurantes de caza al incauto, del mismo modo que en agencias de viajes y webs se publicita ese engendro llamado "turismo literario", al que se apuntan tanto letrados como iletrados. Una casa-museo aquí, una ruta allá, un blomsday acullá... 
Menos mal que aún es gratis leer las placas conmemorativas o indicativas de tal casa natal o cual residencia temporal. Hasta que a algún avispado se le ocurra algún dispositivo que, previo pago, permita descorrer una cortinilla o iluminar la inscripción en las horas oscuras. Como sucede con los Caravaggio, por ejemplo, de la basílica  romana de Sant'Agostino, a 2 euros los tres o cuatro minutos de fulguración. 
Por el momento, nos vienen regalados varios rincones de Roma a la intemperie desde donde contemplamos las fachadas de Keats, Gogol, Sthendal, Goethe, Tomas Mann, Joyce, Pietro Trapasi (Metastasio), Torquato Tasso, Ariosto, Goffredo Mamelli o Hans Christian Andersen. Sin embargo, echo en falta una placa de Italo Calvino en la casa de piazza in Campo Marzio donde vivió sus últimos años. Altura y herencia literarias tiene de sobra y no merece tan injusto olvido. 
La cosa es que ese "aquí nació" o "aquí vivió" redunda en la nobleza de la ciudad, además de otorgar timbre de nobleza a la finca y la calle. Si a ello sumamos los restos de los escritores que yacen en los cementerios (Keats, Schelley, John Trelawny, Juan Rodolfo Wilcock, Olga Signorelli, Natalia y Leone Ginzburg, Richard Simpson...), resulta que Roma seduce, atrapa y, al menor descuido, puede dejar sin aliento. Peligro no solo de caminantes. 

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