viernes, 15 de noviembre de 2019

Estampas romanas (23): de trinidades y escaleras

Quien lea estas estampas advertirá que en Roma se dan cita trinidades varias, las unas espirituales, las otras materiales. Si la trinidad consonántica y bilabial (no podía ser otra parte del cuerpo) de las tres P disimula la frivolidad alimentaria bajo un envoltorio de sublime condumio (pasta, pizza, paninni), hay otra trinidad perteneciente al mismo clan consonántico que baja de la boca a los pies para luego ascender como emanación de la belleza. Son las tres B de una Bellísima Trinidad: Bramante, Bernini, Borromini. Pues los tres italianos parecen haber conspirado en secreto para ofrecernos tres visiones de una misma construcción: la escalera. 
Momo

Por si fuera poco el regalo que  nos hizo con esa joya arquitectónica renacentista que es el Tempietto di San Pietro in Montorio, en 1504 Bramante recibió el encargo de Julio II de conectar el palacio del Belvedere de Inocencio VIII con la ciudad, de suerte que permitiese un acceso externo a artistas y visitantes extranjeros. Así fue cómo alumbró algo parecido a una escalera de caracol (carece de escalones): una gran rampa en espiral que se enrosca en un cilindro para salvar unos cinco metros de altura. Es la vera scala de Bramante, la que subía y bajaba Rafael para ir a sus estancias; salvo visitas guiadas especiales, permanece ajena a los ojos y los pies de los turistas. La otra, la transitable, es obra de Giuseppe Momo de 1932, inspirada, eso sí, en el original bramantino. 
Corrió más de un siglo y florecieron en Roma, al arrimo de papas y nobles, Bernini y Borromini, el primero más tradicional y resultón en sus obras; el segundo, un ángel transgresor de las formas. Bernini, que se movía mejor en las aguas del Vaticano, logró favores y prendas, mientras que Borromini hubo de aceptar un puesto de segundón. 


Como siempre sucede entre genios, anduvieron en liza de talentos y su competencia nos ha dejado sendos frutos preciosos, ambos en el palacio Barberini: la escalera cuadrada de Bernini y la helicoidal de Borromini. Por la primera se asciende a la luz de la razón con pasos medidos, por la segunda se asciende a la luz del corazón como por un bucle de sangre. Mientras que fuera, en una ciudad de orografía tan accidentada, trufada de colinas legendarias, los peldaños constituyen un mero tránsito sin más honor que su dura frialdad de roca, en este y otros palacios de estirpe cada escalón roba un instante de aliento ya gozosamente irrecuperable.




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