miércoles, 6 de noviembre de 2019

Estampas romanas (20): árboles y espíritus sagrados

Si regalo de los dioses fueron las colinas, pues así los templos se acercaban modestamente al cielo, regalo de las diosas fueron los árboles con los que Roma se guarece del fuego canicular (ya casi anual). Admira la silueta recortada de los pinos piñoneros por encima de los edificios y admiran las antiguas villas nobles convertidas en parques donde todavía cabe albergar cierta esperanza de silencio y donde el verdor acentúa el poder evocador de la piedra. 
Como en este templito gótico de villa Celimontana, en la colina Celio, un jardín renacentista que por cuatro siglos perteneció a la familia Mattei. Se cuenta que uno de los Girolamo de esta casa contrató a Bernini para que diera lustre al jardín con sus fuentes inmortales, pero que estas, mortales al fin, fueron destruidas. Tiene este recinto una entrada secundaria en la piazza dei Santi Giovanni e Paolo, junto a una basílica paleocristiana tan bella como escondida. Desde ahí se desciende al estrépito cotidiano por debajo de la arcada del clivo di Scauro. 
Arbolada aquí y allá, Roma exhibe orgullosa largas hileras de rubios sicomoros en los márgenes del Tíber, que inclinan sus ramas hacia la corriente formando una sucesión de arcadas, de modo que, en la ciudad de los arcos, la naturaleza también imita el arte. Son sicomoros sedientos, o en permanente actitud de reverencial entrega al río sagrado que protegió a los expósitos Rómulo y Remo. 

Y es que en esta ciudad la sombra también es sagrada, como los son el agua de las fuentes y los subterráneos donde se veneró a Cristo y a Mitra, dos divinidades que confluyen, en el fondo, en el mismo dios solar. Porque lo sagrado no siempre se representa con mármoles solemnes y aspavientos cardenalicios; lo sagrado también está, revestido de sencillez, en el tronco de un árbol que crece en una calle cualquiera. Habrá quien vea en ello una dimensión totémica, o acaso un temible aviso de fuerzas telúricas. Quizá su sentido sea más sencillo: el hombre ha encontrado el camino de vuelta a las raíces naturales en el ejemplo ovidiano de Dafne convertida en laurel. ¿O es al contrario, es el árbol el que descapulla su corteza para ofrecernos a un ser humano renovado, en esperanzador abrazo con la agónica naturaleza? Misterios de Roma.

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