miércoles, 23 de octubre de 2019

Estampas romanas (17): ciudad-caleidoscopio

Cuando estaba en la escuela me enseñaron a fabricar un caleidoscopio. Hoy, que sigo en la escuela para tantas cosas, disfruto de la urbe-caleidoscopio que es Roma. La realidad, ahora lo sé, no es más que un cúmulo de imágenes que ya giran en carrusel, ya se superponen creando sombras falsas, ya se mezclan aleatoriamente. Quizá sea Roma la ciudad más estratificada de Occidente, y no solo por los estratos arqueológicos. Hay un estrato bajo-medio en los edificios, las fuentes, las estatuas, los parques, los puentes...; un estrato medio en las placas de las fachadas que sacuden la memoria con su registro de caídos o deportados en la guerra, víctimas de atentados, hombres ilustres, bandos municipales, etc.; y un estrato alto poblado de cúpulas, campanarios, puntas de obeliscos y la hermosa cabellera de los pinos piñoneros característicos de la ciudad. 
Todos ellos vierten sus imágenes en el caleidoscopio, y cada partícula, cada tesela del mosaico se convierte en un signo diferente, en una variable de cuanto de nosotros mismos contiene el mágico cilindro. Cada día me enfrento al reto de rozar la piel de la realidad en las imágenes. Para bien o para mal. El instante que paso indagando en ellas resulta el primer paso de un rito iniciático, la antesala de una aventura entrevista por una mirilla. 
Porque, ¿cómo no sentirse invitado a fisgonear en el interior de una ventana cerrada en Garbatella, dejarse mirar por los ojos entornados del puente de San Sixto o perderse en las escenas bíblicas talladas en la puerta de la basílica de Santa Sabina? La escena de la Adoración de los Reyes, ataviados con gorros frigios, se mezcla en el caleidoscopio con el sacrificio de Mitra y con ese niño misterioso que nació en una égloga de Virgilio quién sabe de qué sangre y con qué propósito secreto. Signo de signos. 
   

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