viernes, 18 de octubre de 2019

Estampas romanas (15): necrofilia literaria

Tumba de Keats
Si hace un par de semanas la necrofilia literaria nos llevó a los tres (íbamos en familia, por iniciativa de Carmen, mi mujer) a la tumba de Keats en el cementerio acattolico, y allí descubrí por azar los restos de la dama y escritora rusa Olga Signorelli, hoy la susodicha necrofilia me ha llevado hasta el cementerio comunal monumental Campo Verano. Esta vez quería rendir parada y admiración a Leone Ginzburg, localizado en Israelitica, la tierra del camposanto dedicada a los judíos. Iba resuelto a encontrar su tumba o su nicho en el dédalo inextricable de calles y promontorios mal señalizados. A pesar de que soy obstinado y paciente en mis pesquisas, la búsqueda ha resultado infructuosa. En parte culpo de ello a la turba de mosquitos nazifascistas que estuvo acosándome a sol y sombra. La historia negra tiene extraños aliados. 
Leone, escritor y traductor de origen ruso, fue el alma de la sección turinesa del movimiento antifascista "Giustizia e Libertà", y ejerció enorme influencia política e intelectual en Cesare Pavese y Giulio Einaudi. Constituyeron una trinidad meritoria de amigos que puso en pie la editorial Einaudi, punto de encuentro de otros antifascistas como Augusto Monti y Carlo Levi. Corrían los años 30 del siglo pasado y muchos de ellos dieron con sus huesos en confinamientos o cárceles mussolinianas. A Leone le tocó la peor suerte. Al entrar Italia en la guerra como aliada de Alemania en junio de 1940, fue confinado con su familia en Pizzoli, región de los Abruzzos, donde pasó tres años. Con la caída de Mussolini en julio de 1943 recuperó la libertad, pero poco habría de disfrutarla porque los nazis seguían campando a sus anchas por muchas zonas de Italia. Volvió a ser apresado y el 5 de febrero de 1944 murió a resultas de las torturas que le infligió una Gestapo ya en retirada. Tenía 35 años. 
Volveré al cementerio para intentarlo otra vez. Porque he visto que su viuda, Natalia Ginzburg, está bien acompañada por su segunda familia (en 1950 se casó con el intelectual Gabriele Baldini), pero sospecho que los restos de Leone reposan en una infinita soledad, triste prolongación de la gélida soledad de aquella cárcel de Roma. 
Tumba de Natalia Ginzburg
Cuando escribía estas líneas, he descubierto un par de mosquitos fúnebres que deben de haberme seguido desde el cementerio y cuyo propósito último, no me cabe duda, era impedirme este pronunciamiento. Pero en estos tiempos sombríos de intolerancia, de banderas que ondean aquí y allá como semilleros de nuevos fascismos, los Leone Ginzburg han de ser rescatados de las ruinas de la historia.
P.D.: Ha querido el azar, que todo lo dispone, que junto al portal de mi casa luzca una placa sobre aquel movimiento antifascista fundado en París en 1929 por exiliados italianos.

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