sábado, 12 de octubre de 2019

Estampas romanas (13): de soledades

La soledad del ser humano es diferente a la soledad de las ciudades. La primera es al mismo tiempo alforja viajera y desamparo inmutable. La segunda, en cambio, semeja ser estática, pero muda su esencia según la luz de nuestra mirada. La una es pozo oscuro; la otra, reposo y refugio. 
No resulta fácil huir del bullicio en las grandes ciudades. En Roma, pese a todo, aún es posible navegar por islas desiertas. No es necesario escapar a los verdes patios del barrio de Gabartella, piccolo paese en la urbe; ni a los jardines generosos de villas señoriales como Doria Pamphilj o Ada. A veces nos aguardan a pocos metros del aluvión babélico, como alveolos que purifican la sangre y expulsan, siquiera por un lapso de tiempo, la vana compañía y los ruidos malcarados. En estas calles el tiempo arrastra los pies por el adoquinado y nunca fisgonea en las ventanas abiertas. Si la historia del ser humano consiste en un retorno inevitable a los orígenes, pongamos rumbo, de uno en uno, a la soledad de las ciudades. 

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