jueves, 10 de octubre de 2019

Estampas romanas (12): señales en la piedra

Mis amigos más allegados y algunos conocidos saben que mi admiración por Italo Calvino viene de lejos y que, como cumplido homenaje, he escrito un libro sobre él, fraguado en horno de piedra durante una década. Como estoy convencido de que hay que estar atentos a las señales, porque ellas sancionan o prefiguran instantes y actos de nuestra vida, en esta estancia mía romana me he topado por casualidad con dos nombres que me han traído a la memoria al autor de Las ciudades invisibles. Aquí está el meollo de la cosa: ambos me salieron al paso sin buscarlos, como fantasmas que me demandaran un poco de atención. 
En el barrio de Regola, en la piazza della Trinità dei Pellegrini, junto a la iglesia homónima, hay una placa conmemorativa de la muerte por heridas de guerra de Goffredo Mameli en 1849. Poeta y guerrero, es conocido por ser el autor de la letra del himno italiano. Pues bien, este héroe afín a la causa de Giuseppe Mazzini y muerto a la temprana edad de 22 años fue antepasado de la madre de Italo, Eva Mameli, por raíces comunes sardas. 
He aquí que otro día mis pasos me llevaron al cementerio protestante (acattolico), junto a la pirámide levantada para albergar los restos de Cayo Cestio. Iba en pos de la tumba de Keats, pero, al entrar en el recinto, apenas cruzado el umbral, la primera lápida en la que posé los ojos hizo que mi corazón se dejara sentir. Inscrito está el nombre de Olga Signorelli, noble rusa, mecenas y poeta amiga de la madre de Calvino, y la primera que leyó sus cuentos cuando era un mozo universitario. 
Estoy convencido de que nunca se deambula del todo; siempre hay un destino, por muy vago que sea, que justifica los pasos. Quién sabe con qué propósito secreto, con qué consecuencias. 

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