sábado, 14 de septiembre de 2019

Estampas romanas (2): las aguas inquietas

La flecha corta el aire algo por encima de mi cabeza. Hasta ahí llegaron las aguas del Tíber en esta crecida memorable. Estamos en el nº 16 de la via del Banco di Santo Spirito, no muy lejos del Castel Sant'Angelo. Estas placas asoman en muchas ciudades fluviales y en alguna que otra marítima: en Sevilla se señala una crecida al comienzo de la calle Betis, París vivió en 1910 el gran desbordamiento del Sena y en Cádiz, en la calle la Palma, todavía hoy se dan gracias a la Virgen homónima por haber frenado a los pies de su templo las aguas epigonales del maremoto de Lisboa de 1755. Precisamente en estos días septembrinos las aguas del Segura campan a sus anchas por tierras y pueblos de Murcia. Las aguas son inquietas por naturaleza, mortíferas a veces. De poco sirven tuberías y diques, de poco la ilusión de las murallas. El Tíber serpentea ahora por Roma con poco caudal porque los ríos, como el mar, también dormitan. Quién sabe con qué victorias catastróficas sueñan.  

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