martes, 11 de agosto de 2015

Dos libros, dos muertes: Winckelmann y Pasolini

La lectura del precioso libro de María Belmonte, Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia (Acantilado, 2015), me ha traído a la memoria otro que leí recientemente: Pasolini o la noche de las luciérnagas (Nocturna Ediciones, 2015), de José María García López, un libro estupendo que avanza entre la biografía y la ficción novelada y cuyo castellano es rico, pulcro y a menudo poético (no en vano José María es también poeta). Al leer en el libro de Belmonte el capítulo dedicado a Johann Winckelmann, el célebre anticuario papal que, desde orígenes humildes, alcanzó la cumbre de la erudición neoclásica en el siglo XVIII, me he acordado de Pasolini. ¿Qué tienen en común el experto en arte de Sajonia y el poeta y cineasta boloñés? 
Ambos fueron homosexuales en tiempos difíciles y ambos eligieron Roma como ciudad de residencia: Winckelmann huía de una Alemania asfixiante y buscaba la belleza clásica; Pasolini escapaba del acoso y las denuncias infamantes de los democristianos de Bolonia y veía en la capital de Italia una vida más propicia para su poesía heterodoxa y sus relaciones homosexuales. Y ambos, y he aquí el origen de sus tragedias, llevaron una doble vida (en palabras de Belmonte referidas a Winckelmann): "idolatrar la belleza y practicar la fealdad; el Apolo de Belvedere y los urinarios públicos; efebos de mármol y chaperos callejeros". Al anticuario lo asesinaron a cuchilladas en 1768 en un hotel de medio pelo de Trieste, sin que se sepa todavía a qué fue allí de incógnito (signore Giovanni) y por qué aceptó la compañía de un desconocido que acabaría con su vida por robarle unas medallas de oro y plata (¿ese fue el único motivo?); por qué, en definitiva, prefirió la sordidez a la posibilidad de alojarse en un buen hotel y ser recibido por las autoridades locales como el erudito afamado que era. A Pasolini, es sabido, lo apalearon y atropellaron en 1975 en la playa de Ostia, adonde había acudido con Pino Pelosi, un chapero que fue inculpado por un crimen en el que participaron varios asesinos y que todavía hoy sigue sin estar aclarado. Winckelmann tenía 50 años; Pasolini, 53. Dos hombres cultos, sensibles ante la belleza, que caminaron por el filo de la navaja hacia una muerte cruel.   

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