viernes, 10 de julio de 2015

Aurora Luque y el Mediterráneo griego

Ayer tarde, frente al Atlántico sureño, se habló mucho del Mediterráneo y de la Grecia de entonces, la que enviaba a sus reyes a explorar el mundo en cóncavas (y negras) naves. Como en otra tarde-noche de otro julio, hace ya un lustro, Aurora Luque, la de rosáceos dedos, vino a Poniente a esparcir sus versos. Porque el canto de Homero, Safo, Anacreonte, Píndaro, Aristófanes, Teócrito, Ánite, Meleagro o Nosis... es hace tiempo su propio canto.
Para traducir tal elenco de autores, tanta diversidad de voces y enfoques en una voz conciliadora, única y múltiple a la vez, es menester ser perito en una taumaturgia poco habitual en estos tiempos carentes de prodigios. La antología Aquel vivir del mar. El mar en la poesía griega solo podía contemplarse desde la altura de Acantilado (o acaso también desde esa ínsula extraña que es Siltolá). El mar, solo la mar... como refugio, semillero de aventuras, despensa imprevisible, maraña espumosa de comunicación humana y otros trasiegos. Tarde, como decía, poética, marina y helénica, propiciada una vez más por la Fundación Carlos Edmundo de Ory, el motor literario más engrasado y rodante de Cádiz gracias a la pericia, eficiencia y cordialidad del imprescindible Javier Vela.

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