sábado, 11 de abril de 2015

Un microrrelato pluviomítico

Trombas pluviales
  

.....Los meteorólogos advirtieron de que el cambio climático propiciaría insólitas mudanzas en los ciclos pluviales y que las previsiones, tan precisas hasta la fecha, resultarían del todo ineficaces. Fue por entonces cuando Noé, que ya era un adolescente crecido, conoció desde la ventana del ático la furia de las trombas repentinas.
.....La primera vez que ocurrió, el agua quebrantó sus límites, forzó una puerta mal cerrada, penetró muy despacio en el dormitorio del abuelo Matusalén, rondó bajo su descanso vespertino hasta hacerse lecho disimulado y se lo llevó plácidamente dormido, flotando como una hoja de lentisco que ignora el destino fatal que le espera. Antes de ser engullido por la boca negra del sumidero, el anciano abrió un ojo y pudo ver a su nieto detrás de los cristales. Aún tuvo tiempo de lanzarle un acuoso beso de despedida.
.....La segunda tromba duró menos tiempo y el agua se contuvo en la terraza. Confiado en la temperancia del líquido, su padre, de nombre Lamec, salió a reforzar los puntos débiles de las puertas y ventanas. De súbito una lengua desmedida comenzó a alzarse por el sur, evolucionó con rapidez y lo arrolló por la espalda, arrastrándolo hacia el desagüe, mientras gritaba a su hijo que se mantuviera a salvo dentro de la casa. Ante los ojos de Noé, único testigo del prodigio, se repitió la escena del abuelo y el beso empapado y postrero.
.....Hubo luego una tregua prolongada, un tiempo de mansedumbre en las lluvias que evocaba la contemplación monótona de los días de la infancia, cuando Noé pegaba la carita al cristal y pasaba las horas indecisas viendo cómo el agua formaba riachuelos que barrían los pétalos y las hojas desprendidos de las plantas.
.....Mas poco después volvieron a desatarse las trombas contra la fachada del ático. Una de ellas se aplicó con saña y no cejó en su empeño hasta introducirse en la casa y arrebatar a su madre, que rezaba en el dormitorio para conjurar el acoso pluvial que estaba diluyendo a su familia. A pesar de estar mermadas sus fuerzas por la enfermedad, la mujer aún pudo girarse en el carrusel de la escorrentía y amagar un beso triste para su hijo, antes de desaparecer por el tubo ovillada sobre sí misma.
.....Han transcurrido muchos inviernos y Noé se ha convertido en un hombre maduro, experimentado en la violencia de las precipitaciones celestes. Por eso ya no se admira de que el diámetro del sumidero haya aumentado tanto, ni de que se agite en una continua contracción, indicio de permanente y ansiosa espera. Vive con los prismáticos en ristre y cada día comprueba varias veces que aún no está solo, que todavía quedan algunos supervivientes en los áticos de la ciudad sitiada por las aguas.


(Del libro Zona de incertidumbre, Sevilla, Paréntesis, 2011, pp. 61-64)