miércoles, 13 de agosto de 2014

Cines de verano

Cine de Cabo de Palos (Murcia)
Lástima que el cine de verano sea una raza en extinción. Por ahora sobrevive, como las cabinas de teléfono (pocas y muchas de ellas desvencijadas) y el buzón de correos, pero llegará el día del cierre y los adictos a este espectáculo bajo las estrellas, cuya memoria suele estar aromada por damas de noche, asistiremos al entierro de otro ser querido. En mi ciudad, estival como pocas, hace tiempo que desaparecieron. Pero aún se mantiene, y hasta saca pecho, en el pueblo del Mediterráneo en el que paso buena parte del verano. Es un edificio de hechura rudimentaria: un gran habitáculo de cuatro paredes que parecen sin acabar, dividido en tres salas tan paredañas, que la música y los diálogos de las películas corren de una a otra según sople la brisa. En el vestíbulo, una barra a modo de ambigú y un cargamento de cojines de alquiler para alivio de las posaderas. Lo más llamativo es el piso de grava, quizá una estrategia para no tener que barrer las cáscaras de pipas que genera cada proyección. A diferencia del cine de invierno, el de verano es inconcebible sin el bocadillo, la bebida y las chucherías. El cielo abierto propicia una relajación de las costumbres, nos vuelve algo más desinhibidos y deja, siempre deja (por mala que sea la película), el regusto de la noche apacible. 

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