viernes, 7 de marzo de 2014

Eloy Tizón o el juego de los contrarios

.....“Algo tendrá el agua cuando la bendicen”, piensa el próximo lector contemplando el chapuzón de la cubierta. “De tantas reseñas elogiosas, de tanta laudatio en boca ajena solo puede inferirse la bendición de ese agua envolvente, de apariencia cálida”, añade mientras se dirige con el volumen a la caja de la librería. Pero aún no ha empezado la lectura, querido Eloy; aún no ha descubierto, entre el asombro y la inquietud, que nada es infalible, que nada responde a una simple ecuación lógica. Que todo es matemática fallida. O más bien, que está a punto de iniciar un viaje desconcertante a lomos del péndulo de Foucault.
.....En Técnicas de iluminación adquiere rango primordial la validez de los contrarios. Muy pronto el lector se siente arrastrado al mismo tiempo a un camino y su opuesto, a un acá y un allá: “Todo es hola y adiós” (p. 14). Y este vaivén, que acontece por igual en la mente y cuerpo de los personajes, se confirma poco después: “Uno está convencido de ello y también de lo contrario” (p. 17). He aquí la almendra de este libro: el extravío de los seres humanos, la vacilación constante, la elección de “no elegir, no rechazar” (p. 16), conforme a un extraño código que alimenta por igual la cobardía y el valor (p. 44). Son seres que buscan sin norte (o simplemente caminan y caminan, como el protagonista del primer relato, “Fotosíntesis”), sin saber muchas veces qué buscan, aunque esa búsqueda los lleve a quedarse “a las puertas del paraíso” (p. 18). Al autor le gusta situar a sus personajes en territorios marginales, en la frontera de lo que es y no es. Alegra, la protagonista de “Ciudad dormitorio”, lo suscribe: “Hay una hora en la que no está claro si subes al último metro de la noche o al primer metro de la mañana, si vas o vuelves, una hora morfina, ni sí ni no, entrecruzada, ni dormida ni despierta” (p. 36). Veo algo de temor medieval en ello, querido Eloy. El hombre del Medievo, tan seguro con la clasificación de lo existente, se sentía vulnerable ante las cosas y los seres que habitan en territorios idefinidos, inclasificables (el crepúsculo, instante en el que se funden el día y la noche; las encrucijadas, como aquella célebre en la que titubeó el mismísmo Hércules; los animales híbridos, como el mono, mitad hombre, mitad bestia…). En ese espacio anidaban las fuerzas ocultas.
.....No hay duda de que los personajes de este libro llevan latentes dos fuerzas, si bien muy distintas: una que los empuja hacia delante y otra que los frena, incluso los hace retroceder. Tizón ha sido pródigo en expresiones de esta oscilación: “Es domingo o merece ser domingo” (p. 21); “Iban y venían lámparas” (p. 29); “Así era todo, noches y días, ocio y empleo, escasez y abundancia” (p. 43); “cuánto las quiero, las aborrrezco” (p. 57); “Queda en el aire el vago temblor de una ambulancia [...] o quiza por aquí nunca pasó una ambulancia” (p. 61); “entrar y salir” (p. 73); “Algo empieza y algo termina, un ojo se apaga y otro se enciende” (p. 75); “Casarse y tener hijos. No casarse y no tener hijos” (p. 85); “No nos caía ni bien ni mal” (p. 88); “ni muy lejos ni muy cerca” (p. 92); “lágrimas de risa, de pena, de risa” (p. 96); “despacio o rápido (p. 142); “se abrían y cerraban, se abrían y cerraban” (p. 148). Sin embargo, no cabe ver renuncia o derrota, porque reconocer el desaliento no significa no combatirlo: “No estábamos dispuestos a darnos por vencidos, nos negábamos al desaliento” (30). 
.....Esta situación de precariedad en la que viven (”todo tendía al desequilibro y al esguince, al apagamiento y la precariedad”, p. 31) queda subrayada por manifestaciones varias de la vacilación: “¿Dónde estábamos y cuándo? ¿Para qué estábamos? […] “no me preguntes por qué” (p. 28); “Dios sabría por qué” (p. 30); “entraban ganas de, no sé” (p. 35); “Dudo” (p. 58); “Dudaba. Rectificaba” (pp. 66, 77); “¿Qué hacemos”? (p. 81); “la gente duda sobre qué será mejor, si abrir el paraguas o no” (p. 111-112); “No sé” (p. 117); “no me atrevía” (p. 123); “no sé por qué” (p. 138); “no sé qué más” (p. 141); “Cada día comprendo menos cosas y las comprendo peor. No me entiendo ni yo” (p. 143); “no entiende por qué motivo” (p. 147); “no entiendo por qué” (p. 148); “no se sabía por qué” (p. 153); “Quién sabe” (p. 156); “¿Qué quiénes somos?” (157); “Pero quién, dónde, cómo, cuándo” (p. 161). 
.....El deambular de los personajes ─que es tu deambular, Eloy, bien lo sabes─ por escenarios ya sórdidos e inhóspitos, ya luminosos y amables, se presenta sobre dos fondos bien maridados: el destello poético y el absurdo, a veces surrealista (aquí asoma un autor que ha bebido de la literatura fantástica). Porque este libro es un puzle de imágenes en cascada, donde la filosofía que mantiene en vilo a los personajes (abundan las frases sentenciosas, fruto del cuestionamiento constante) se asienta en hechos insólitos convertidos en cotidianos. En “Merecía ser domingo” encontramos una lluvia incesante de ropa, besos con sabor a playa normanda, un río que cuenta monedas y un concierto de músicos con chaqué en un lago congelado. En “Ciudad dormitorio” un hombre lleva transplantado un corazón de vaca, un grupo de ciervos pasta entre las estrellas y hay árboles que eructan pájaros. En otro relato, “Volver a Oz”, un hombre doma mecedoras. En “Alrededor de la boda”, la novia asiste a clase en la universidad con un cesto lleno de tortugas, a una mujer china le arde el pelo en la Gran Vía de Madrid y crecen champiñones en la guantera del descapotable en el que viajan los tres amigos invitados a la boda. El amor de “El cielo en casa” se muestra en caricias con las que la protagonista llega a un éxtasis astronómico, animal y celeste: “Hubo eclipses de luna, auroras boreales rozándonos las mejillas, estampidas de cebras y coros de ángeles, yo lo vi” (120). Por otra parte, a veces las sentencias se revisten con el color del absurdo: “Aquel que cena caracoles no merece estar solo” (15)...... 
.....En lo lingüístico también parece haber tenido reflejo ese vaivén de las almas. El autor alterna, con magisterio indudable, la brevedad y la abundancia. Para la primera se sirve de frases cortas (“Ser dos. Todo era mirada”, 25; Casa. Campo. Camino”, 28; “Me echan. Quiero perderme”, 54; “Mesas. Sillas. Árboles con cuello de jirafa”, 92; “Fuimos. Llegamos. Aparcamos. Entramos”, 121) y de la elipsis, presente en el comienzo in medias res (por ejemplo, el de  “La calidad del aire”: “Lo siguiente que sé es que salgo de la fiesta el lunes por la mañana”, 55) y en las frases truncadas (“Quiero decirte algo, compartir contigo un secreto, necesito confesarte que”, 25; “Me teñí el pelo de verde, y eso que a mí el verde”, 126; “Hasta que un día”, espléndido cierre del último relato y de todo el libro, 162). Pero, como decía, esta brevitas no impide que el autor se entregue a prolijas descripciones (por ejemplo, la visión desde el avión de la tierra en “Los horarios cambiados”, 74); e incluso se permita una mirada borgiana al universo encerrado en lo pequeño, como sucede con la cartera del protagonista de “La calidad del aire” (“La billetera y las llaves ocupan, en el espacio, unos 10 cm2. Toda nuestra civilización depende de esos 10 cm2. Siglos de cultura y gastronomía, escuelas artísticas, movimientos teológicos, avances y retrocesos científicos, investigaciones filosóficas, tratados morales y políticos, teoría económica […]”, 59) y con la maleta de la mujer que lo persigue en ese mismo relato, maleta en la que cabe “un universo en sí misma, con sus crisis, su microclima y sus accidentes orográficos” (67).
.....Añadamos a ello un flujo ágil, veloz a veces, de las ideas y los acontecimientos. Una suerte de río que avanza y retrocede, golpea los cantos del lecho, se desborda en algunos tramos del cauce, mantiene al lector siempre alerta a sus efímeras metamorfosis. 
.....Ante un libro así, querido Eloy, y pese a la zozobra del viaje, no queda sino concluir afirmando tajantemente que sí, que este agua que lo baña es agua bendita. Mi admirada felicitación.

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