martes, 31 de diciembre de 2013

Brindaré por el maldito año que se va

Poco tengo que agradecerle al maldito año que se va. En lo literario no ha estado mal: aparte de escritos menores, he publicado un libro, entregado otro como encargo de una editorial y concluido un tercero, pendiente de valoración en una editorial capitalina. En lo personal solo me han reportado alegría mi propia boda, bien tardía en lo ceremonial, y el nacimiento de un bebé muy esperado por una buena amiga. Pero alguna monstruosa divinidad ha estimado que no nos merecíamos esas pinceladas de felicidad y que debían ser borradas con tinta negra y roja. El año nos ha arrebatado a un buen amigo y a un familiar muy querido y ha instilado el veneno de la enfermedad en otro buen amigo y otros tres seres queridos. Con este saldo solo me queda esperar a esta noche para, como a execrable enemigo que huye, tenderle un puente de plata. Lo cual precisamente me da más razones que nunca, queridos lectores, para desearos a todos un

FELIZ AÑO 2014

sábado, 28 de diciembre de 2013

Listas de libros al filo del año y abejas productoras

Las postrimerías del año muriente y los primeros compases del naciente son espacios de tradicional recapitulación, de rosario de cuentas de lo habido en los ámbitos más dispares de la vida. En el literario (asunto que ocupa al escribidor y a buena parte de los lectores de estos Silenos), tal recuento suele hacerse en forma de listas e índices de libros extraordinarios que asoman a los periódicos, los suplementos culturales y otras páginas librescas. Aunque hay juicios que responden al lector singular, ajeno a imposiciones crematísticas, lo habitual es que la proclama de los volúmenes meritorios publicados en el año venga acordada por un puñado de pujantes editoriales, metidas en la harina de la campaña navideña. Hoy, último sábado decembrino de 2013, Babelia y El Cultural de ABC se aplican a ello, desplegando ambos suplementos el marchamo de autoridad de críticos y escritores de varia naturaleza. Llegados a este punto del año nunca recuerdo el título de todos los libros que he leído, hayan sido o no editados en los doce meses precedentes; tampoco creo que, si los recordara, me resultase fácil establecer una pirámide cualitativa. Porque las luces que proyecta la lectura de un libro dependen en buena medida del acogimiento que le dispensa el ánimo mudadizo del lector. Lo cual se evidencia en las relecturas, que siempre traen consigo una nueva valoración asentada en otro tiempo y otro poso cultural. Así me ha sucedido con Madame Bovary, de Flaubert, y Ágata ojo de gato, de Caballero Bonald, releídas ambas más de veinte años después, engrandecidas ambas ante ojos míos tan distintos. Uno se pasa el año leyendo, libando de libros muy dispares, preparando el néctar propio a partir de tantas flores ajenas. Al filo del año cabe preguntarse si hemos logrado algo de ese dulce propósito. Antes que la suma de autores (Tomeo, Merino, Denevi, Zúñiga, Perucho, Olgoso, Benítez Ariza, Benítez Reyes, Rivero Taravillo, Baudelaire, Éluard, Poe, Tizón... son algunos que me vienen a las mientes), valdría más hacer recuento de las lecturas productivas, mientras en el aire de la biblioteca zumba la abeja clásica que cazara al vuelo Marc Fumaroli.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Del pino no siempre nace el piñón...

FELICES FIESTAS ENTRE LIBROS


martes, 17 de diciembre de 2013

Un microrrelato para estos días

Me dice mi hija que en el instituto le han pedido un microrrelato navideño. Le doy alguna idea, le sugiero un comienzo, pero no parecen convencerle. Entonces le he leído este que apareció en mi Fuera pijamas (2010), por ver si le sirve de inspiración:

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GÉNESIS
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Desde su altura, con la visión privilegiada de los dioses, compone un vergel admirable en medio de una planicie rodeada de cimas suaves. Coloca árboles frondosos, de sombra prieta y perpetua fruta en sazón: doradas manzanas, pomelos de orondo deseo, ciruelos y melocotones cuya pulpa estalla derramando sus líquidos y olores en brazos del céfiro. Alrededor coloca arbustos de baja espesura y cuevas donde habita alegre la luz. Muy cerca de una de estas cuevas coloca un manantial de agua saltarina, que, a medida que discurre hacia la planicie, crece en caudal y envergadura, hasta escindirse en cuatro ríos sonorosos. En medio de todo, en el espacio que dista entre dos árboles señeros, uno esplendente al sol, el otro tenebroso y retorcido, coloca al primer hombre y a su lado, hermanados por la carne, a la primera mujer. Como desde su altura no logra saber qué traman, apoya los codos sobre la planicie con la cara entre las manos, y espera expectante. Pero no sucede nada. Entonces recuerda que aún debe colocar a los demás pastores, al ganado diseminado en la floresta, a los Reyes Magos y, cómo no, a los tres protagonistas del belén.

sábado, 14 de diciembre de 2013

El porqué de la escritura (y otros asuntos literarios)

No sé bien por qué escribe el escritor de hoy. Es una pregunta que a menudo se hace en entrevistas o presentaciones de libros. Para responder a lo que ya es un locus communis, el tiempo y las ocurrencias (mucho menos la sensatez y la inteligencia) han ido conformando todo un catálogo de perlas, entre las que destaco ahora una muestra: "Para sentirme un dios creador", "Para corregir aspectos de un mundo imperfecto", "Porque se me agolpan dentro las palabras", "Para ser yo mismo", etc. (Esta última no tiene desperdicio. Se trata de una torpe actualización de la célebre sentencia clásica Nosce te ipsum, "Conócete a ti mismo", difundida en las culturas occidentales durante siglos a través de repertorios paremiológicos y florilegios medievales de sabiduría. Por cierto, cómo abusa el cine norteamericano de la variante "Sé tú mismo", como si los guionistas hubiesen encontrado en esta estomagante formulación la piedra filosofal). Pero no quiero irme por las ramas. Venía esto a cuento del porqué de la escritura literaria. Confieso que no suelo pensar en ello, pero hoy sí. Escribo porque a veces me falta el aire. Escribo porque todos los días veo la misma procesión de interrogantes. Escribo para salirme de este cuerpo que envejece. Escribo para remontar la vida. Y escribo, en fin, para hablar conmigo y sentir que aún estoy, que aún llueve.

* * *

Releo Ágata ojo de gato, de J. M. Caballero Bonald, y pierdo pie en la hondura de ese territorio primitivo y mágico de Argónida. Alterno este libro inabarcable con otro más liviano, que me trae recuerdos parisinos: El café de la juventud perdida, de Patrick Modiano. Y entre uno y otro, leo poemas de Cuaderno de Zahara, de mi amigo J. M. Benítez Ariza, que se nos ha vuelto más serrano que yo mismo. 

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Doy los últimos retoques a un libro de microrrelatos en el que he puesto entusiasmo y corazón a partes iguales. Ahora toca buscar editor, tarea nada fácil en esta España desolada. Me dejo querer. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Mendicidad y lectura, qué extraña pareja

Esta mañana he presenciado una escena insólita: una mujer que pedía limosna en un portal, detrás de un cartel con los archisabidos mimbres de la desgracia (el paro y cuatro hijos pequeños), estaba leyendo un libro voluminoso. Como tú, amigo lector, o yo solemos hacer en un parque, un jardín o el salón de casa. No pude evitar pensar en otras posibilidades: una lectura espuria como mera estrategia para la captatio, igual que los bebés que algunas pedigüeñas esgrimen como prueba de perentoria necesidad. O que el libro sirviese a esta pobre mujer simplemente como coartada para no levantar la vista, para no ver su desdicha en los ojos conmiserativos de los demás. Mendicidad y lectura, qué extraña pareja.