viernes, 29 de noviembre de 2013

Somos lo que leemos. O lo que no.

Biblioteca del Archigimnasio. Bolonia. Fuente: Silenos
Hoy, día de las librerías, miro la biblioteca que hemos reunido mi mujer y yo con tanto mimo (y esfuerzo) y me pregunto si mi hija, que pertecene a la generación digital, sabrá valorar algún día la herencia que recibe. Y no me refiero solo a los títulos en sí, que a nosotros nos parecen variados, enjundiosos, imprescindibles, sino al valor inmaterial, al calor y abrigo que nos han proporcionado esos libros incluso en momentos amargos. Es extraño cómo cambian los gustos y los afanes de las generaciones. Cuando era niño, en el hogar humilde de mis padres apenas había libros. Por eso cada compra que yo hacía con mis ahorros constituía una fiesta privada, íntima, que ni siquiera terminaba con la lectura, sino que seguía (y sigue hoy) con la presencia física del volumen en una estantería, cuando no con la relectura, pasados los años y las premuras iniciales. Mi hija, en cambio, ha crecido entre muchos libros, convive con libros como convive con el baño, la lavadora o el armario. Para nosostros son un tesoro vivo, dinámico, en expansión; para ella, un mueble más de la casa, en absoluto comparable a su ordenador portátil o a su teléfono móvil. Es extraño cómo, a la postre, somos lo que leemos. O lo que no.


2 comentarios:

Dyhego dijo...

¡Ay, el espacio, el maldito espacio, que impide la multiplicación de los libros y los panes...!
Salu2.

Francisco García Jurado dijo...

Me ha encantado