jueves, 8 de agosto de 2013

Racimo dorado y escritura despaciosa

Hoy también ha amanecido, que no es poco. Aquí, frente al mar de Cabo de Palos, el sol asoma pronto por el horizonte, traza un arco de izquierda a derecha, penetra por los orificios de la persiana y estalla, como racimo dorado, en el interior de mi dormitorio. Suele ser en torno a las 8:00. A esa hora el mar espejea tímidamente, pero su rumor, alimentado durante toda la noche, intimida, se cuela en la cocina mientras preparo el desayuno, ahoga las voces remotas de la radio. Escribir aquí no es difícil, si para escribir se precisa la connivencia de la naturaleza, porque el ritmo de la escritura se acompasa al bramido de las olas. Así van creciendo los dos libros que tengo entre manos, el de París revisitado en la distancia (ya hace un año que anduve un trimestre por aquella ciudad inagotable), y el poemario que inicié desde la cumbre del monte Ventoux, cual un Petrarca maravillado por la visión de lo todo circundante. Espero tener ambos concluidos con la caída de las primeras hojas otoñales. Escribir es un "pasar lentamente" hasta creer haber llegado, y demorarse cuanto sea necesario en el camino. Las prisas, querido amigo, dejan una huella de infamia en el papel.                 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya que estás en Cabo de Palos, sin duda ya habrás probado el "caldero".
¡Que lo disfrute usted!

Ina dijo...

Great!