domingo, 7 de julio de 2013

La roca dura, la vida insolente


A mi hermano José Manuel

A menudo me acuerdo de la roca dura del destino que Hölderlin plantó justo en la dirección de los sueños. Ondas del mar rotas. Espuma. En estos días, más. Ya no soporto el viento cabrón de esta ciudad. El levante fuerte que nos azota desde hace dos semanas es aliado de esa roca: deshace los sueños y los propósitos, los pulveriza, los esparce por los áticos y azoteas, barre con ellos las calles sucias. Todas las mañanas, al amanecer, un grupo de gaviotas chilla y discute frente a mi dormitorio. Sople o no levante. ¿Quién las envía? ¿Con qué fin? ¿Qué demiurgo se ha empeñado en violentarnos la vida, en arrebatarnos el poco sosiego que nos queda? Cuesta leer, cuesta escribir, la música (suena "La valse à mille temps" de Jacques Brel) aspira al silencio... Aún así he terminado un relato de Olgoso ("Dybbuk") que muestra la perplejidad del autor ante el desdoblamiento sufrido en una lectura pública. Haber estado allí, soberbio en el acto, sin haber estado. Cuánto me gustaría que la roca de Hölderlin me permitiera estos caprichos duales de vez en cuando: estar en la ausencia, saber en la ignorancia, sentir en la indolencia más absoluta. Cuánto me gustaría que este maldito levante desapareciera y se llevara, al fin, los flecos podridos de lo que fue un sueño amable, la promesa de un gozo humilde.

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