viernes, 26 de julio de 2013

La madre de todos los horrores

A esa incertidumbre, madre de todos los horrores, me refería en mi entrada anterior: toma uno un tren cualquiera, camino de un descanso, de una reunión de trabajo o de vuelta de un viaje, sin saber que en un kilómetro maldito alguien o algo ha torcido, cuando no segado, el curso de tu vida. El verano, por alguna extraña razón que se me escapa, siempre ha sido estación de desastres colectivos. Acaso las altas temperaturas deterioran algún pistón del colosal engranaje y este falla donde menos lo esperamos. Simples mortales, estamos condenados a morir. Nos sobreviven una mesa barata, un pedazo de asfalto, la balaustrada hortera de un parque provinciano... Nos sobrevivirán, en estos tiempos de exposición y subasta, nuestras páginas en las redes sociales. Yo me iré, y seguirán estos silenos bailando por un tiempo. Es certidumbre que no hace sino aumentar el desasosiego de la incertidumbre mencionada. Nunca me dijeron que vivir suponía esquivar un tren desbocado, un coche enloquecido, un rayo vengador, una enfermedad parásita, una bala perdida, la cornisa podrida de tu propio edificio...

1 comentario:

Carlos de la Parra dijo...

Extraña la afirmación final.
El tema de la muerte ha sido agotado hasta el cansancio.
Hemos oído de quien se resbala sobre un jabón y muere desnucado.En el radio el otro día escuché acerca de un concurso para ver quien bebía más agua, el ganador se murió por no sé que descompensación metabólica causada por éste exceso. Se sabe que algunos se infartaron en la suerte suprema del amor, y éso que dicen que los orgasmos son buenos para el corazón. Hay quien se ha sofocado por no poder tragar un trozo de carne. Sería infinito catalogar causas de muerte.
Quizás resulte mejor morir de risa.