Dado que las cosas han empeorado, recupero un artículo que publiqué en La Voz de Cádiz hace siete meses.
A los funcionarios de carrera,
que, pese a todo, dignifican el trabajo
El injusto descrédito del funcionario
Es
sabido que toda crisis económica siembra el camino de amenazas y
oscurece la razón. A los fantasmas personales que genera el
subconsciente atribulado hay que añadir el peligro colectivo, alentado a
menudo desde el poder con la música de las trompetas apocalípticas. Con
recurrencia injusta se ha señalado al inmigrante como usurpador del
salario patrio, no porque las sociedades modernas sean xenófobas o
racistas, que lo son poco, sino porque son, y mucho, clasistas:
despreciamos al inmigrante pobre, pero acogemos con alfombra y papel couché
al inmigrante rico, sea negro, árabe o venido desde las estepas de
Mongolia. Sin embargo, como los inmigrantes pobres sufren igualmente el
azote de la crisis, el ojo censor ha clavado su mirada en otro colectivo
de trabajadores, los funcionarios, esa raza de seres escogidos de
dudosa humanidad. En tiempos de bonanza se vuelven invisibles, ocultos
detrás del grato runrún que emiten los pistones bien engrasados del
Estado. Sin embargo, cuando vienen mal dadas, se tornan cigarras
estridentes y despreciables, indignas de convivir con las sufridas
hormigas. Y quienes antes cabalgaban a lomos de la maquinaria del
bienestar que médicos, profesores, policías, jueces, fiscales,
administrativos, bomberos… engrasaban en silencio, ahora los titulan
casta de desaprensivos. Si lamentable es que un pobre nacional
criminalice a un inmigrante tanto o más pobre que él, no lo es menos que
sean otros trabajadores los que desacrediten al funcionario con el
mantra de que “tienen trabajo fijo, son intocables y egoístas”. Y mucho
más triste oírlo en boca de allegados. Qué pronto se olvidaron estos,
pese a la cercanía y el afecto, de que ese funcionario (fiscal, médico,
profesor…) dedicó dos, tres, cinco o más años de su vida a preparar en
la sombra unas durísimas oposiciones, mientras que ellos disfrutaban de
soleadas fiestas y romerías, para luego emprender un camino laboral
expedito en la empresa privada; o simplemente decidían no opositar a los
cuerpos del Estado para no verse obligados a mudar casa a una ciudad
lejana. Con qué facilidad se silencia u oculta esa cruz del funcionario
de carrera, los años (diez, quince en algunos casos) en un destino
alejado, muchas veces separado de la familia por decenas o cientos de
kilómetros, sujeto a una movilidad que consume buena parte de ese sueldo
fijo ahora tan ambicionado. Somos esclavos de nuestras elecciones, para
bien o para mal. Pero tan simple axioma se enturbia en tiempos de
crisis y en este río revuelto pescan los poderes político, empresarial y
financiero, propiciando con sus declaraciones públicas una falsa
oposición entre funcionario y parado, como si la desdicha de este fuese
consecuencia de la estabilidad del aquel. Brutal ejercicio de demagogia,
uno más de tantos con los que se pretende desviar la atención del
enriquecimiento de banqueros y grandes empresarios y del despilfarro de
la hacienda pública que han practicado los gobernantes: infraestructuras
costosísimas e ineficaces, multiplicación de sedes oficiales, hinchazón
de cargos de designación, subcontratas millonarias de empresas de
amigos, políticas de subvención universal sin discriminación de rentas,
dietas, viajes, coches oficiales de gama alta y un largo etcétera del
que solo vislumbramos la punta. Los mismos gobernantes, por cierto, que
ahora dan ruedas de prensa compungidos, arrugan el ceño y entonan la
letanía de la solidaridad colectiva, con escandalosa exclusión de los
más ricos y pasando de puntillas por los sueldos y prebendas de la clase
política. ¿Por qué quienes sirven de voceros contra los supuestos
privilegios del funcionariado no denuncian a voz en grito la costosa
inutilidad del Senado, o el mantenimiento por años de esa legión de
consejeros variopintos y asesores de agencias nacionales e
internacionales que garantizan la jubilación política de tanto amigo del
partido? ¿Por qué en España se guarda tan vergonzante mutismo sobre el
hecho de que los dos últimos inquilinos de la Moncloa lleven vidas de
ricos y sigan cobrando un sueldo vitalicio que pagan nuestros impuestos?
Mientras que muchos de los responsables de esta crisis apenas han
modificado sus hábitos de vida ni han visto mermados sus privilegios,
los funcionarios sentimos continuamente la espada de Damocles sobre
nuestras cabezas. Con la tristeza de ver que ya la empuñan otros
trabajadores.
(La ilustración, que acompañaba el texto en el periódico, es de José Ibarrola)