lunes, 30 de julio de 2012

Un poema de vuelta a casa


A mi regreso, en casa me espera una docena de publicaciones (propias y ajenas) que han salido durante estos tres meses. Entre ellas, el número 7 de Isla de Siltolá. Revista de Poesía. Junto a las contribuciones de muchos amigos y poetas admirados, en la página 55 puede leerse este poema mío:


ESTABAS EN EL NOMBRE

Estabas en el nombre sin saberlo,
inexistente tú en el silencioso
prólogo de tu vida.
Bastaba con nombrarte,
con solo pronunciarte los amigos
asomabas henchido de fonética.
Pendías de esas voces,
por ellas te encarnabas y adquirías
forma, color, durable permanencia…

Ya todas se apagaron,
de los tuyos aquí no queda nadie.

(Arenas de Lutecia. París. Fuente: Silenos)

viernes, 27 de julio de 2012

De nuevo hacia el sur

Queridos amigos, a partir de mañana los Silenos retornan a su lugar de origen; cambian, pues, las riberas del Sena por la orilla atlántica de Cádiz. Un abrazo.

(Sileno con Baco niño. Jardines de Versalles. Fuente: Silenos)

jueves, 26 de julio de 2012

La Sinfonietta San Francisco de Paula triunfa en París

Dentro de un recio y duro caparazón, guarda la nuez su fruto,  tan grato y preciado que parece imposible que germine y madure en tan severo encierro. París ofrece muchas nueces al nativo y al visitante, a poco que sepan afinar el olfato. Uno de esos frutos dulces, memorable por su regusto, nos fue regalado ayer miércoles en pleno corazón de Le Marais. Mientras fuera, al fresco de la soirée, se llenaban las terrazas de la rue des Archives, en la pequeña Église des Billetes, apenas percibida entre el rumor de los vasos, las charlas y la circulación, tenía lugar un concierto menudo en la apariencia, colosal en el resultado. Los músicos llegaban de Sevilla, 15 en número y acaso no más de 17 de media en edad. La jovencísima (fue fundada el año pasado) Sinfonietta de San Francisco de Paula, dirigida por el músico Archil Pochkhua e invitada por la Asociación Le Concert de Monsieur de Saint Georges, era el fruto que encerraba el austero templo luterano, de paredes desnudas y vitrales sin imágenes ni policromía. Una docena de piezas (Jiri Antonin Benda, Vivaldi, Bizet, Le Chevalier de Saint-Georges, Mozart, Pablo de Sarasate...), más varios bises pedidos por un público agradecido al que costaba creer que tan petits musiciens produjeran esa música celestial. Espléndida la orquesta, espléndidos los cuatro solistas, bajo la batuta entusiasta y certera de Pochkhua. Cuando salimos fuera del templo, la rue des Archives parecía más calmada. El prodigio de unos adolescentes que habrán de regalarnos en el futuro más y excelentes frutos.
(Fotografía de Francisco J. Centeno)

sábado, 21 de julio de 2012

El pronto regreso

Hay en el Barrio Latino de París una calle de la Serpiente (rue Serpente), que trae a la memoria la de la sierpe sevillana, aun cuando no huela a incienso ni sombreen los parasoles en los tejados. Aquí se ubica la Maison de la Recherche, un centro universitario dedicado especialmente a la investigación doctoral. En este edificio comenzó, hace ya casi tres meses, mi estancia parisina. De ahí a otros centros y bibliotecas de la vieja Sorbona (Michelet, Jaurès, Sainte-Geneviève) y a las salas de lectura de la moderna y acristalada Bibliothèque Nationale (François Mitterrand). Ahora que afronto los días finales antes de regresar a España, pienso que nada hay más certero que la velocidad oscura del tiempo. Pesa mucho al principio (sobre todo, si, como en mi caso, se está solo), pero se vuelve liviano, flecha alada, metro que se salta ciego las estaciones a poco que nos descuidemos. Y ahora que toca volver, con un libro universitario enriquecido, incontables horas de paseo por la inmensa geografía de la ciudad, algunos versos dignos y otros prescindibles, varios microrrelatos y un sinfín de anotaciones, varios libros leídos (en francés y español) y un puñado de experiencias nuevas, ahora me pregunto qué quedará de todo esto cuando aterrice en el aeropuerto de Sevilla y venga a recibirme en persona una España más arruinada que cuando me fui.

miércoles, 18 de julio de 2012

Papeles secundarios desde París

He corregido las pruebas de Papeles Secundarios, el libro con una selección de entradas (de 2008 a 2011) de este blog que publicará en breve Isla de Siltolá. Extrañamente me ha gustado el conjunto, el maridaje siempre difícil de estampas poéticas, narraciones breves y reflexiones. El tiempo nos muda a cada instante, y ocurre a menudo que la lectura tardía de lo escrito mucho antes despierta recelos, espolea el caballo de la insatisfacción. Sin embargo, esta vez no ha sido así. Acaso se deba a la distancia que me separa de mis hábitos cotidianos, a este retiro parisino que va llegando a su final y que me ha arrebatado los sentidos y parte del entendimiento.  



(Detalle de la fachada del Théâtre de la Renaissance. 
Boulevard Saint-Martin. París. Fuente: Silenos)

martes, 17 de julio de 2012

De nuevo contra los funcionarios

Dado que las cosas han empeorado, recupero un artículo que publiqué en La Voz de Cádiz hace siete meses. 

A los funcionarios de carrera,
que, pese a todo, dignifican el trabajo 
 



El injusto descrédito del funcionario

Es sabido que toda crisis económica siembra el camino de amenazas y oscurece la razón. A los fantasmas personales que genera el subconsciente atribulado hay que añadir el peligro colectivo, alentado a menudo desde el poder con la música de las trompetas apocalípticas. Con recurrencia injusta se ha señalado al inmigrante como usurpador del salario patrio, no porque las sociedades modernas sean xenófobas o racistas, que lo son poco, sino porque son, y mucho, clasistas: despreciamos al inmigrante pobre, pero acogemos con alfombra y papel couché al inmigrante rico, sea negro, árabe o venido desde las estepas de Mongolia. Sin embargo, como los inmigrantes pobres sufren igualmente el azote de la crisis, el ojo censor ha clavado su mirada en otro colectivo de trabajadores, los funcionarios, esa raza de seres escogidos de dudosa humanidad. En tiempos de bonanza se vuelven invisibles, ocultos detrás del grato runrún que emiten los pistones bien engrasados del Estado. Sin embargo, cuando vienen mal dadas, se tornan cigarras estridentes y despreciables, indignas de convivir con las sufridas hormigas. Y quienes antes cabalgaban a lomos de la maquinaria del bienestar que médicos, profesores, policías, jueces, fiscales, administrativos, bomberos… engrasaban en silencio, ahora los titulan casta de desaprensivos. Si lamentable es que un pobre nacional criminalice a un inmigrante tanto o más pobre que él, no lo es menos que sean otros trabajadores los que desacrediten al funcionario con el mantra de que “tienen trabajo fijo, son intocables y egoístas”. Y mucho más triste oírlo en boca de allegados. Qué pronto se olvidaron estos, pese a la cercanía y el afecto, de que ese funcionario (fiscal, médico, profesor…) dedicó dos, tres, cinco o más años de su vida a preparar en la sombra unas durísimas oposiciones, mientras que ellos disfrutaban de soleadas fiestas y romerías, para luego emprender un camino laboral expedito en la empresa privada; o simplemente decidían no opositar a los cuerpos del Estado para no verse obligados a mudar casa a una ciudad lejana. Con qué facilidad se silencia u oculta esa cruz del funcionario de carrera, los años (diez, quince en algunos casos) en un destino alejado, muchas veces separado de la familia por decenas o cientos de kilómetros, sujeto a una movilidad que consume buena parte de ese sueldo fijo ahora tan ambicionado. Somos esclavos de nuestras elecciones, para bien o para mal. Pero tan simple axioma se enturbia en tiempos de crisis y en este río revuelto pescan los poderes político, empresarial y financiero, propiciando con sus declaraciones públicas una falsa oposición entre funcionario y parado, como si la desdicha de este fuese consecuencia de la estabilidad del aquel. Brutal ejercicio de demagogia, uno más de tantos con los que se pretende desviar la atención del enriquecimiento de banqueros y grandes empresarios y del despilfarro de la hacienda pública que han practicado los gobernantes: infraestructuras costosísimas e ineficaces, multiplicación de sedes oficiales, hinchazón de cargos de designación, subcontratas millonarias de empresas de amigos, políticas de subvención universal sin discriminación de rentas, dietas, viajes, coches oficiales de gama alta y un largo etcétera del que solo vislumbramos la punta. Los mismos gobernantes, por cierto, que ahora dan ruedas de prensa compungidos, arrugan el ceño y entonan la letanía de la solidaridad colectiva, con escandalosa exclusión de los más ricos y pasando de puntillas por los sueldos y prebendas de la clase política. ¿Por qué quienes sirven de voceros contra los supuestos privilegios del funcionariado no denuncian a voz en grito la costosa inutilidad del Senado, o el mantenimiento por años de esa legión de consejeros variopintos y asesores de agencias nacionales e internacionales que garantizan la jubilación política de tanto amigo del partido? ¿Por qué en España se guarda tan vergonzante mutismo sobre el hecho de que los dos últimos inquilinos de la Moncloa lleven vidas de ricos y sigan cobrando un sueldo vitalicio que pagan nuestros impuestos? Mientras que muchos de los responsables de esta crisis apenas han modificado sus hábitos de vida ni han visto mermados sus privilegios, los funcionarios sentimos continuamente la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Con la tristeza de ver que ya la empuñan otros trabajadores.

(La ilustración, que acompañaba el texto en el periódico, es de José Ibarrola)

sábado, 14 de julio de 2012

La Bastilla en los campaniles

Repique de campanas en la iglesia evangélica de la rue de la Roquette, muy cerca de donde vivo, cerca de la Bastilla. Detrás de este campaneo vecino se adivinan otros: el de Saint-Etienne du Mont, Saint-Germain-de-Prés o Saint-Sulpice en la Rive Gauche, el de Saint-Ambroise, Saint-Augustine o Saint-Vicent-de-Paul en la otra ribera. El Sena (femenino en francés, la Seine, como el agua nutricia y la tierra alma) cruza hoy despacio, atento a la broncínea agitación de los aires. Después de días de lluvia, las nubes parecen buscar con auxilio del viento las tierras del norte, acaso las llanuras de la Picardie. La fiesta nacional francesa se viste de colores marciales, cuelgan banderas patrias en balcones y torretas y las palomas y los cuervos ceden por una horas el paseo triunfal de Les Champs Elysées. Se prevén en plazas y bulevares músicas, canciones y juegos, y un castillo de pirotecnia aguarda mudo en el Campo de Marte a que llegue la noche. Celebra esta fiesta la reconciliación que siguió al asalto por el pueblo de aquel edificio infamante que fue la Bastilla. El pueblo soporta lo indecible, hasta que revienta de rabia. En España no hay Bastillas, pero sí hartazgo. Mucho hartazgo. Y una Iglesia cuyas campanas guardan en estos días aciagos un silencio cómplice.  

(Saint-Vicent-de-Paul. París. Fuente: Silenos)

viernes, 6 de julio de 2012

Un libro, los artistas e intelectuales y los dislates de una traducción

He terminado la lectura del libro de Alan Riding, Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis (Galaxia Gutenberg, 2011). Lo he leído en suelo parisino, viendo con ojos de hoy muchos de los lugares que los alemanes creyeron suyos durante cuatro largos años. He imaginado los inmensos estandartes colgando de los muros del Palais du Trocadero, los coches oficiales de la Wehrmacht deteniéndose en la puerta del hotel Lutetia, o ante el majestuoso edificio de la Opéra Garnier. Delante de las placas que recuerdan en cada escuela elemental el exterminio, he imaginado el futuro de miles de niños judíos. Pero lo que más me ha costado imaginar es que la vida cultural de París continuara durante la ocupación al ritmo que narra Riding. Porque ese es el propósito de este libro: mostrar que la actividad cultural (cine, literatura, pintura, música, danza...) se mantuvo en su apogeo, pese a que se pueda pensar que sin libertad no florece una cultura. Cada lector debe responder a una pregunta clave: ¿seguir haciendo lo que antes de la ocupación hacían los escritores, actores, cineastas, músicos, pintores... es una acción censurable, es un acto de colaboracionismo? Se trata de un libro riquísimo en datos, como si Riding hubiera seguido los hilos del destino de cada uno de los miles de nombres que cita. Asisitimos, por ejemplo, al heroísmo del americano Varian Fry, al que con solo treinta y dos años se le encomendó viajar a París y salvar a cuantos artistas e intelectuales pudiera (y bien que cumplió); a la valentía silenciosa de Rosa Valland, la rescatadora de cuadros; a la silueta menuda de un lloroso Jean Cocteau, que teme represalias después de la liberación por sus vínculos con los alemanes; al antisemitismo de Céline; al cinismo de rico vividor de Sacha Guitry; al descaro de la actriz Arletty, que justificó en el juicio por colaboración su relación con un militar alemán con una frase memorable: "Mi corazón es francés, pero mi culo es internacional"; a la pericia para la supervivencia en tiempos tan espinosos de Picasso, Jacques Prévert o Gaston Gallimard; a la reinvención de su propio papel durante la ocupación de Sartre... La vida cultural siguió en París pese a la guerra, pese al invasor, pese a las deportaciones y encarcelamientos de judíos y resistentes, pese a que los alemanes intentaron a toda costa que la cultura francesa (admirada en todo el mundo) sucumbiese a la alemana. 
.......Es una lástima que un libro de contenido tan interesante y digno se vea desmejorado por la forma. Me explico: además de numerosas erratas (que disculpo, aunque son muchas), hay serios dislates y errores sintácticos, achacables no solo al traductor, sino también a la editorial por no haber revisado (¿o sí?) el texto. Pondré solo algunos ejemplos. Cada vez que aparece citado el apellido de Charles de Gaulle, la preposición va en minúscula (de Gaulle). Esto chirría sobre todo cuando justo delante la frase exige otra preposición: "era el texto del llamamiento de de Gaulle" (p. 137) o "las Fuerzas Francesas Libres de de Gaulle" (p. 161). Lo mismo ocurre con Nicolas de Stäel: "obras de Kandisky, César Domela y de Stäel (p. 205). Hay casos de expresiones acuñadas en español que aquí no se corresponden con lo esperado: "con actores que a bien seguro" (por "a buen seguro", p. 266), o "y se dedicaron a venderlos de bajo mano" (por "bajo mano", p. 283). También se observan muchas omisiones de la preposición a en los objetos directos de persona: "La historia termina cuando el ejército envía los alemanes" (p. 165). Añádase a todo esto la forma tan arbitraria de citar los títulos de obras literarias, teatrales, películas... Siempre van citadas en el original francés, pero una veces se añade detrás la traducción española entre paréntesis y otras muchas no. Entiendo que esto sí podría ser imputable al autor más que al traductor (es una mera conjetura, pues no tengo delante el original inglés), pues acaso Riding traduzca al inglés solo algunos títulos y estos son los que el traductor vierte al español. En cualquier caso, no entiendo tanto descalabro en un libro estupendo.