miércoles, 27 de junio de 2012

Cuestiones lapidarias (2): los números

Hay artesanos de la escritura lapidaria que se afanan por ofrecer un diseño grato a la vista. Una de las muchas formas posibles consiste en una disposición de las líneas en forma de copa o jarrón,  o de esbelto cuerpo de mujer. En ello debía de estar pensado el epigrafista de este mármol que cuelga en una céntrica y arbolada plaza de Cádiz, cuando, al llegar a la tercera línea, advirtió que un número tan expandido no le permitiría adelgazar el talle, y optó por una extraña mezcla de arábigos y romanos: MDCCC96. Mejor pensar eso y no, como algunos maledicentes difunden, que el pobre hombre no sabía contar con letras y palos.

(Placa en Plaza de Mina, 2. Fuente: Silenos)

domingo, 24 de junio de 2012

El Rey de los Cielos

Podrá la torre Eiffel ser insignia universal y mirador deseado en todos los confines. Podrá la torre de Montparnasse arrogarse el título de ser casi tan alta como Eiffel y presumir de disfrutar de la tranquilidad que concede un menor reconocimiento. Podrán desde el cielo de ambas contemplarse, como diminutas huellas de la vanidad humana, el Louvre, el Panteón, el Arco del Triunfo, Notre Dame, el Sacré Coeur y los cementerios arbolados donde moran ilustres fantasmas, e incluso la curva de ballesta que traza el Sena (aunque no sea en torno a Soria, como quiso nuestro poeta) abrazando la literaria Rive Gauche... Podrán, en fin, codearse ambas construcciones colosales con los vientos altivos y vigilar desde sus cimas el vuelo de las aves más osadas. Pero en París solo hay un Rey de los Cielos, y por su voluntad cambian las nubes a diario el color de su existencia.

(Cine Grand Rex, en el Boulevard Poissonnière. París. Fuente: Silenos)

viernes, 22 de junio de 2012

La hora vespertina

La distancia es sello irrompible, signo que fragua con golpe incandescente su dureza. Un antes y un ahora separados en el espacio, no en el tiempo. París ofrece su inocencia en la sordidez de las esquinas. Llueve sin pesar la lluvia y el vuelo irreverente de los grajos mancha con su negrura efímera el rostro ceniciento de la tarde.
 
 
 
(Interior peatonal del Pont du Carrousel. París. Fuente: Silenos)

martes, 19 de junio de 2012

Poesía en París: Legrand, Jaccottet, Mesanza

El domingo pasado se clausuró la trigésima edición del Marché de la Poésie, dedicado este año a Singapur. Como ya es tradicional, la Fuente de los Cuatro Obispos de la place Saint-Sulpice recogió su hermoso velo por unos días y en las casetas se expusieron, vendieron y recitaron los versos de antes y los de ahora. Curiosa feria esta, dedicada en exclusiva al género literario menos comercial de todos, y donde se dan cita editores, libreros y poetas durante cuatro días hasta la soirée. Algunos autores recitan sus versos al paso de los lectores y curiosos, en una práctica que no imagino en España, donde la recitación poética suele constreñirse a los actos y tertulias celebrados entre paredes, en cenáculos que tienen tufo de clandestinidad. Mientras acabo la lectura del libro de Alan Riding sobre el papel de los intelectuales y los artistas en París durante la Ocupación nazi, alterno versos de Jean Legrand (L'Amour insolent, La Termitière, 2002), Philippe Jaccottet (Poésie 1946-1967, Gallimard, 1977) y Julio Martínez Mesanza (Soy en mayo, Renacimiento, 2007). Voy, como sobre el vaivén de las aguas del Sena cuando se abren al paso de los barcos, de la mirada erótica de Legrand sobre su amada y musa Aurette, a los paisajes animados y enigmáticos de Jaccottet, y de estos a los encuentros marciales de los héroes de Mesanza, héroes que arrastran su extinguida nombradía sobre nobles caballos fantasmales:

Quand déferla le galop, nous etions au centre immobile du monde.

(Cuando se rompió el galope, nosotros estábamos en el centro inmóvil del mundo)

(Legrand, "Scénes normandes")

*  *  *
Oú serez-vous quand agira la mort,
lune aussi belle qu'un soleil
qui rouliez vers le bois marin,
oiseaux levés tous ensemble,
beaux ouvriers de l'aurore?

(¿Dónte estaréis cuando la muerte actúe,
luna tan bella como un sol
que rodabais hacia el bosque marino,
pájaros en vuelo todos juntos,
bellos obreros de la aurora?)

(Jaccottet, "Notes pour un petit jour")

*  *  *
Vagan grises caballos por la senda
nevada, y un anciano se detiene
y ve pasar jinetes y armas oye.

(Martínez Mesanza, "Retirada").

domingo, 17 de junio de 2012

Sobre héroes y heroínas en otro París

Los héroes grandes causan asombro, admiración, pero rara vez conmueven. Porque, al ser semidioses, por sus venas circula otra sangre, una sangre legendaria que se derrama, pero que no es absorbida por la tierra. Sin embargo, los héroes pequeños, con su sangre efímera, que proclama su dolor cuando cae al suelo, sí conmueven. Rose Valland, solterona en la cuarentena, pintora por afición, trabajaba como conservadora de arte moderno en el Musée National des Écoles Étrangères Contemporaines, con sede en Jeu de Paume, en octubre de 1940, cuando los alemanes, en plena ocupación de París, se hicieron con el control de la galería. La mujer, discreta y eficiente, obtuvo el beneplácito de los invasores para continuar en su puesto. Sabía alemán, pero los alemanes no lo sabían, y también era ducha en taquigrafía. Con esas dos armas y mucho valor, durante los próximos cinco años se consagró a la tarea de salvar todas las obras de arte que pudiese del expolio nazi. Su objetivo era doble: seguir el rastro de las obras, con la esperanza de que pudiesen ser recuperadas algún día, e informar a la Resistencia de los trenes que partían con el preciado botín. Valland sobrevivió a la guerra, pues murió a los 82 años en 1980. Ese fue el pago que le hicieron los dioses en justicia por su generosidad. Los hombres también la premiaron, concediéndole el rango de officier de la Legión de Honor, la Medalla de la Resistencia Francesa y La medalla Presidencial de la Libertad de los Estados Unidos. Conocemos bien a Odiseo, Lancelot, el Cid Campeador, Juana de Arco... pero qué poco conocemos a Rose Valland.
(Imagen: Rose Valland. Collection C. Garapont/Association la Mémoire de Rose Valland)

jueves, 14 de junio de 2012

Mis microrrelatos en Cátedra

Acabo de terminar la lectura de la Antología del microrrelato español (1906-2011) preparada por Irene Andres-Suárez. Y la he leído siguiendo escrupulosamente el orden, pese a que, al estar mis tres relatos casi al final, me enfrentaba desde el principio a una especie de examen propio por comparación. De vez en cuando me ha venido a la memoria aquella advertencia de Whitman de que no estaba tocando un libro, sino a un hombre palpitante (de puro susto, no de temblor poético). Supongo que es normal cuando a uno lo incluyen en un libro en el que sobran prestigio y nombradía. He de decir que he disfrutado mucho y admirado el talento de no pocos compañeros de volumen. Mis tres microrrelatos seleccionados por la antóloga, procedentes de Fuera pijamas (2010), son "El nombramiento", "El lector noctámbulo" y "Seducción". Os dejo aquí el tercero:


SEDUCCIÓN

Voluptuosa. Señora del aire y del espacio. Así era plantada delante de mí, tan cerca. Tanto, que me resultaba imposible escapar a la indómita redondez de sus pechos. En esas situaciones uno no sabe qué hacer con la mirada. Tontos miedos de ultimísima hora, porque ella, organista doctorada, estaba en lo suyo, preparando los instrumentos para extraer la música de mis entrañas. Y yo tumbado en esa postura inerte, con la mirada vertical clavada en el blanco perpetuo del techo. Cuando al fin acercó el escalpelo a mi frente, me hice el muerto por pura vergüenza. Y aun así se me abrieron las carnes.

martes, 12 de junio de 2012

El Fauno parisino

Ya quisieran mis Silenos bailar al ritmo desinhibido de este Fauno parisino del escultor Eugène-Louis Lequesne, célebre por estar en un emplazamiento célebre: le Jardin du Luxembourg. Cada vez que paso por allí, me acuerdo de las criaturas de este blog, humildes aprendices al mando de un corifeo que a menudo los desatiende. Vaya, pues, la imagen en honor de mis Silenos, que bien poco se quejan y tienen razón para ello.

(Faune dansant. Eugène-Louis Lequesne, Jardin du Luxembourg, 
París. Fuente: Silenos)

martes, 5 de junio de 2012

La Maison de Victor Hugo

No me atraen especialmente las casas-museo de los escritores, sobre todo porque las más son casas-museos en sí mismas, lo que deja al sujeto que las habitó en un plano terciario. No me parece atractivo conocer el escritorio, pongamos por caso, Luis XII donde trabajaba, o la cama de recias maderas y prieto cobertor donde acaso pasó las horas postreras. No niego el valor histórico, estético y pecuniario que puedan atesorar la decoración y el mobiliario de una vivienda, pongamos por caso de nuevo, decimonónica, pero ello no implica siempre un mejor conocimiento del autor y su obra. Es más, a menudo no hacen sino difuminarlo, distraernos, salvo que la presencia del escritor sea abrumadora en retratos familiares, documentos, escritos personales y manuscritos y ediciones de su obra, lo cual no es habitual, pues tal legado suele estar custodiado en fundaciones y bibliotecas. Así el visitante, arrobado ante la contemplación de un bodegón o la policromía de figuras animales sobre oscuros barnices (que quizás sean objetos decorativos posteriores al difunto, que de todo hay), olvida el principal objeto de la visita. 
La Maison de Victor Hugo es uno de los muchos atractivos turísticos de París. Ocupa el segundo piso del que fuera Hôtel de Rohan-Guéménée, en el nº 6 de Les Vosges, una de las plazas más bonitas de la ciudad. Allí vivió el autor de Los miserables entre 1832-1848. Se quieren reconstruir, por tanto, tres etapas de su vida: antes, durante y después del exilio en Bruselas (y hasta su muerte). He de decir que, pese a mis reticencias, Hugo estaba presente en los retratos familiares, en el diseño que él mismo hizo para el Salón Chino, en el eco fantasmal de las reuniones celebradas con Théophile Gautier, Alejandro Dumas, Mérimée o Lamartine en el impresionante Salón Rojo. El día que escogí para la visita, a principios de mayo, no había a la vista muchos libros, aunque sí algunos ejemplares de Dickens como parte de una exposición que, conmemorando el bicentenario del nacimiento del novelista inglés (1812-1870), evocaba la visita que este hizo a París y su encuentro con Hugo. En en momento en que escribo estas líneas está abierta otra exposición, dedicada esta vez a Los miserables, que cumplen 150 años. Esta casa-museo, que además posee una biblioteca a disposición de los investigadores, es mucho más que un hermoso decorado. Es una evocación constante, en movimiento a través de sus exposiciones temporales, del prolífico autor de Nuestra Señora de París en su entorno familiar. Como puede apreciarse en la imagen del anuncio de aparición de Le Rappel, periódico en el que colaboraban dos de sus hijos: Charles y François-Victor. A 15 céntimos de franco el ejemplar.

(Imagen tomada en las escaleras del último piso. Fuente: Silenos)

sábado, 2 de junio de 2012

Mucho, mucho ruido

En mis visitas anteriores a París no había reparado en algo que ahora me asalta a diario. Cuando se trata de estancias breves es frecuente que se escapen los detalles, pues hemos de comprimir un proyecto de viaje, con sus búsquedas de referencia indispensables, en poco tiempo. Ahora que llevo en la ciudad más de un mes, no hay día en que no me abrume el ruido colosal del tráfico. Lo mismo en los grandes bulevares, que en la calles pequeñas, la ciudad ha sido devorada por el murmullo infernal de los motores. Súmase a ello el constante clamor de las sirenas de la policía y los bomberos y, como hábito endiablado, la tendencia del parisino a tocar el claxon al más mínimo sobresalto en la circulación. Y sobresaltos se producen a menudo, porque el estrés y el cansancio confluyen en todas las esquinas. La irrupción de numerosas bicicletas complica aún más las cosas, pues, al menos en los arrondissements más céntricos, los que pedalean no disponen de una red de carriles adecuada. Sin embargo, los parisinos han aprendido a convivir con su tráfico ensordecedor, como prueban dos hechos cotidianos: que no hay terraza de restaurante, cafetería o bar, por muy cercana que esté a la carretera, que no se llene a todas horas; y que manifiesten tan notable dependencia a los teléfonos móviles, como si sus conversaciones tuviesen lugar en una sala acolchada. Pero he de decir que, si bien los mortales se han habituado a esta forma de vida, no parecen soportarla con igual acomodo otros seres de la ciudad, en cuyos rostros hasta hace poco solo había indolencia y ahora, si se mira bien, asoma un rictus de terror o, quién sabe, de rabia.  

(Relieve de una Gorgona en un portal de la rue Vieille du Temple; 
rostros del Pont Neuf. Fuente: Silenos)