lunes, 23 de enero de 2012

Sigo aquí (y un microrrelato)

Me han preguntado si tengo alguna dolencia que me impide escribir en este blog, o si me he cansado de la blogosfera, a juzgar por el poco movimiento que hay últimamente en los Silenos. No. Ni estoy enfermo, ni me he cansado del blog. Ocurre que en las últimas semanas se me han impuesto, a golpe de reloj y premuras, varias tareas universitarias que me tienen como perro ensogado. Creo que en unos días estaré más liberado y podré seguir la danza con el ritmo que merecéis, queridos lectores. De momento, os dejo un microrrelato.


EL PORTERO Y LA PORTERA

Al portero lo vemos a menudo cortando las flores del jardín, limpiando los portales, acarreando herramientas para asuntos varios y, sobre todo, ganándose la confianza de los niños de la urbanización con animalitos que él mismo fabrica con el envoltorio de los caramelos. En cambio, a ella nunca la hemos visto fuera de la casita de colores que huele a azúcar y regaliz. Dicen que la portera atesora entre las paredes el secreto de su obesidad y que solo asoma su rostro impaciente de luna vieja detrás de los visillos con la luz vespertina, cuando por el camino de tierra que llega del bosque se divisa la triste silueta del portero bajo la mole
del saco.

domingo, 15 de enero de 2012

Reyes, libros y la polvorienta espera

A diferencia de otros años, los Reyes Magos me han traído esta vez pocos libros: los ensayos de T. S. Eliot recopilados por A. Jaume en La aventura sin fin (Lumen), y los cuentos de Italo Calvino recogidos en Por último, el cuervo (Siruela). Bien es verdad que a mi mujer le han dejado otro par que también será para disfrute mío: La rama dorada (Fondo de Cultura Económica), de James G. Frazer, y Ragtime (Miscelánea), de E. L. Doctorow. En los últimos meses había ingresado en nuestra biblioteca un buen número de títulos, regalos de escritores y envío de editores los más, y acaso esa sea la razón de esta discreta dádiva de ahora. Los libros, como todo lo que se acumula y exige su parcela de atención, ocasionan un tipo de estrés de baja intensidad, suave pero constante, amable pero también insistente. Cuando lloran, los niños borran el mundo para erigirse ellos en el único planeta, con una suerte de geocentrismo que los padres asumimos entre la resignación y el espanto. Cuando los libros se quejan del abandono, de que llevan demasiado tiempo esperando turno, cuesta oír el lamento, a menos que este se produzca en el silencio acompasado de la noche y traspase las fronteras del sueño. Sin embargo, no pocas veces la espera merece la pena (la del libro y la del lector), pues, como el vino añejo, los libros cubiertos de polvo saben mejor.

martes, 10 de enero de 2012

"Presencias" en Columna de humo, de J. M. Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza comenta hoy en Columna de humo mi relato "Presencias", que forma parte del libro Zona de incertidumbre.

sábado, 7 de enero de 2012

"El códice purpúreo" de Herminia Luque

Pese a las reservas sobre la novela histórica que expresé en mi anterior entrada, acabo de leer y anotar El códice purpúreo (Paréntesis, 2011), la segunda novela de Herminia Luque (la primera, también en Paréntesis, fue Bitácora de Poseidón) He de admitir que en un primer momento el título me puso en guardia, pues la estampa del término "códice" (o su equivalente, "manuscrito") en la cubierta induce a pensar que se trata de la enésima novela en cuyo meollo tiene parte esencial una revelación escrita (tablillas, papiros, códices, palimpsestos, impresos, inscripciones sepulcrales, mapas...), un misterio oculto las más de las veces en sórdidos espacios subterráneos en torno a cuyo desciframiento gravitan todos los elementos de la ficción. Pero no. El lector descubre, bien andado el trecho de la lectura, que el códice purpúreo es una metáfora de otra cosa, como se verá.
.....Estamos a finales del siglo IV en la Bética (exactamente en los años 379-380), apenas a tres lustros de la ruptura en dos del Imperio Romano. Una adolescente llamada Ávita ha fallecido de inanición como consecuencia de una abstinencia severa de alimentos basada sobre todo en el ascetismo pesimista de la secta de los maniqueos. Sobre esta suerte de anorexia fatal, Luque crea una trama de correspondencia epistolar (once epístolas en total, más dos epitafios, uno al inicio y otro al final del libro) entre los personajes que sobreviven a la joven, comenzando por su madre Honoria. Aunque no todas las epístolas son consolatorias, en la mayor parte late la pérdida temprana de Ávita. Parejo al dolor de la madre y la nodriza corren intereses varios que hurgan en la herida, desde los manejos del obispo Gregorio por convertirla en mártir cristiana a las intrigas libidinosas de Teodora-Flavia y Licinio. Las epístolas van ampliando datos tan sólo esbozados antes y arrojando nuevas luces sobre las circunstancias que llevaron a la joven a su aniquilamiento, de manera que ante el lector se van alzando los perfiles de los personajes (apenas una veintena, sumando a los corresponsales otros personajes tan sólo citados) y el verdadero propósito y parte que tienen en la muerte.
.....Al optar por una historia con trasfondo cristiano, Luque se enfrentaba a una época compleja, a la par que apasionante. Desde que Constantino promulgara el Edicto de Milán (313), los sucesivos emperadores han contribuido a la expansión del cristianismo, rematada por Teodosio, que lo convierte en la religión oficial del Imperio (Edicto de Tesalónica, año 380). Pero en su asentamiento como Iglesia oficial, ésta ha de combatir en varios frentes: contra los resabios del paganismo
(Juliano el Apóstata es el último intento serio por recuperarlo), el inconformismo de los judíos, que no aceptaban las normas cristianas, y los movimientos heréticos en su propio seno, como los gnósticos, los maniqueos y los arrianos. Uno de los peligros emanados del paganismo y alimentado por las herejías era el de los demonios, contra los que la Iglesia esgrimía -entre otros medios- la protección que le brindaban las reliquias y los despojos de las santas y los santos. Pues bien, de todo esto hay en El códice purpúreo
..... Luque presenta la porción de ese
mundo que todavía se debate fuertemente entre el paganismo y el cristianismo recurriendo a la separación de personajes cristianos (Ávita, Honoria, Gregorio, Jerónimo...) y paganos (Vibia, Marcelo...), así como a referencias a escritores y divinidades paganos (Homero, Aristóteles, Platón, Virgilio, Juno, Júpiter, Láquesis, Fama, Aurora...) y a personajes y conceptos bíblicos y cristianos (Adán, Eva, Jesucristo, Gólgota, Pablo, crismón, concilios...), entreverados con alusiones a citas de las Sagradas Escrituras. Igualmente hallamos en las epístolas la huella de los gnósticos y los maniqueos todavía en el siglo IV, así como la doctrina más reciente de Arrio. También está presente el asunto de las reliquias, en la persona difusa de esa santa Tecla que quedó cautiva de las prédicas de Pablo, según un apócrifo del siglo II. Y hay antijudaísmo en la escritura del obispo Gregorio de Elvira. A ello hay que añadir un asunto nada baladí, y que afecta de lleno a Ávita: la exaltación de la virginidad y la castidad que hacen, por motivos diferentes, Gregorio y la esclava Vibia. Ello casa bien con la defensa que hallamos en escritores cristianos de entonces, como Paulino de Nola y Draconcio. Dicha renuncia al placer de la carne suele acompañarse en estas apologías de la castidad con encendidas soflamas contra el ornato y los afeites que usan las mujeres. Así lo encontramos en las cartas de Gregorio y así, de nuevo, puede verse en Paulino de Nola.
..... Para ambientar la historia y que no quedarse tan sólo en reflexiones filosóficas y espirituales, Luque recurre con frecuencia a aspectos varios de la vida cotidiana, como los alimentos, el cuidado del ganado, la reforma de la vivienda de Licinio o el uso constante de los útiles de escritura.
..... Me gusta la lectura "subterránea" de algunos pasajes, donde la autora emplea el arte de la alusión para complacer a lectores aventajados en estas cuestiones. Por ejemplo, cuando en la primera carta Flavia, al hablar de su secretario, escribe: "Siente, dice él, con mucho dolor, que más que cristiano es ciceroniano" (p. 39), está aludiendo al célebre sueño de san Jerónimo, origen de infinidad de visiones y sueños semejantes a lo largo de toda la Edad Media. Otra muestra se halla en la epístola de Gregorio a Honoria, cuando, al referirse a Ávita, dice que "ella escogió, en su infancia aún, el prado florido de la virginidad". La relación entre la virginidad y las flores, en especial la recolección de flores (la anthologia), forma parte de la tradición literaria e iconográfica, como muestra que Perséfone y Europa, entre otras, fueran secuestradas por varones con una finalidad sexual cuando se hallaban recolectando florecillas. Cabe añadir a ello,
como muestra admirable del manejo que Herminia Luque logra del lenguaje, el uso frecuente de proverbios solapados, símiles (muchos de ellos con plantas y frutos) y metáforas. La más llamativa de todas, sin duda, la que da título al libro: el códice purpúreo como trasunto de la vulva femenina. A partir de esta clave, revelada en la última carta, todo el relato adquiere una luz intensa y se clarifica.
..... Sirva todo lo dicho como evidencia de que he leído con sumo interés la novela y la creo digna de circular en letras de molde; aplaudo además que Herminia Luque se haya atrevido no sólo con una época, como dije, tan compleja, sino también que lo haya hecho con una historia sin estridencias, reducida a un ámbito familiar y estrecho de los personajes, alejándose de los fuegos de artificio tan frecuentes en la novela histórica. Sin embargo, he de poner algunos leves reparos a este libro, como debe ser en toda crítica literaria seria. Veamos.
..... Aprovechando que la historia circula en cartas y que algunos de los corresponsales pertenecen a la clase acomodada y pueden permitirse escribientes, la autora recurre con frecuencia a referencias a los útiles de escritura. Para mi gusto, abusa de esto, en especial del término "cálamo". Lo mismo ocurre con algunas expresiones de cuño clásico, como la referencia geográfica "Columnas de Hércules", que encuentro varias veces. Noto variación en el estilo epistolar de los personajes, lo cual es imprescindible. Sin embargo, Licinio alterna el retoricismo (carta III, sobre todo al principio) con un lenguaje a veces demasiado llano (carta VII). Por otra parte, me resulta extraño el voseo reverencial que emplean los esclavos Marcelo y Vibia para dirigirse a su dueña. Si se trataba de marcar distancias, hubiera bastado "usted". Y no hubiera estado de más la datación de las epístolas.
..... Acaso motivada por su formación de historiadora, Luque ha incluido un apéndice al final sobre las fuentes documentales utilizadas. Esto es innecesario en una novela. Con todo, he de decir que me ha aclarado un par de cosas: que Licinio se inspira en el poeta Ausonio, algo que sospechaba desde que se refirió en su primera carta al centón nupcial, y que Jerónimo se inspira en el santo homónimo. Aquí creo, no obstante, que hubiese sido mejor cambiar el nombre del personaje. Y, finalmente, echo en falta algo más (hay, pero poco) del marco político, como los esfuerzos del mantenimiento del poder imperial frente al acoso de los pueblos bárbaros (visigodos, alamanes, hunos...) que acabarían, pasada una centuria, con el Imperio de Occidente. Pero entiendo que los intereses de Herminia Luque iban por otros derroteros, y esto es una preferencia mía y no un demérito suyo.
..... En suma, se trata de un libro recomendable, de una novela histórica
global en su alcance, pero cuya médula espinal discurre por un episodio particular de la vida cotidiana: la muerte prematura de una joven y el esclarecimiento, hasta donde el alma humana se deja, de esa muerte. Mi enhorabuena, pues, a Herminia Luque.

miércoles, 4 de enero de 2012

La novela histórica y Bomarzo

Como lector, no me interesa la novela histórica, sobre todo desde que, siguiendo la estela de la memorable El nombre de la rosa, buena parte del género se ha convertido en una larga secuela de íntrigas y crímenes sobre un decorado que lo mismo exhibe los sótanos vaticanos y las catacumbas de los cristianos, que se torna salas secretas de la masonería o laboratorios ocultos donde borbollan las redomas de los buscadores de la Piedra Filosofal. Los mismos monjes con cambiantes hábitos. Sin embargo, he vuelto a quitarme el sombrero y a hacer una admirada genuflexión. Hace más de veinte años que leí Bomarzo con la premura de un joven inquieto y, a la vista está, sin el obligado aprovechamiento. Ayer terminé una relectura gozosa que me ha tenido cautivo varias semanas. El azar tiene estas cosas: he repetido placer justo después de la relectura de Rayuela. De argentino a argentino. No es este el lugar para hacer una reseña de esta vasta obra, sobradamente comentada por los estudiosos desde su aparición en 1962, por lo que me limitaré a un apunte sobre un aspecto concreto. De los tres elementos que se imbrican magistralmente en la novela (el narrativo-histórico, el psicológico y la pintura de escenas), me quedo con la última. Porque con ella Manuel Mújica Lainez (sin tilde, por más que se empeñen en tildar el segundo apellido) hace que el mundo convulso del XVI, tan denso en acontecimientos políticos, sociales y religiosos, resulte menos pesaroso, como menos pesaroso resulta también el tormento íntimo que el duque giboso arrastra (como su pierna maltrecha) toda su vida. Y ha sido especialmente ante algunos de esos fragmentos donde he hallado la belleza del lenguaje, algo tan escaso en la literatura contemporánea, y donde me he dicho que, por escribir un fragmento así, estaría dispuesto a condenarme en el Bosque de los Monstruos de Bomarzo. He aquí un ejemplo:

Hacía mucho calor, el calor de junio que tumba a las bestias, que agosta los sembradíos. El invierno anterior había sido muy cruel. Y no llovía. Las ovejas, sedientas, balaban en lo amarillo de los campos. En alguna parte de los montes, a través de la atmósfera reverberante que comunicaba al paisaje una leve oscilación, y vibraba como si lo mirásemos tras un vaho tórrido, resonaban el llamado agónico, quejumbroso, de las trompas, los gritos espaciados de los ballesteros y los ladridos iracundos de los galgos. De vez en vez, un halcón remontaba el vuelo y planeaba, alto y seguro. Mi hijo Marzio andaba de caza con los hijos de León Orsini. Caían aves muertas entre los cipreses, y los azores traían otras en las garras. Era menester ser muy joven para arriesgarse así bajo el sol que abrasaba las mustias heredades.

(Imagen del Parque de los Monstruos, en Bomarzo, Italia)

martes, 3 de enero de 2012

Empecemos con un microrrelato


Empecemos 2012 con un micorrelato.


ALMAS GEMELAS


Cada día el duque se levanta temprano, se calza las zapatillas, sale de la fría alcoba matrimonial, activa el tableteo del pasillo angosto, cruza la inmensa biblioteca y se encierra en el cuarto de baño con el mamotreto de lectura inconclusa:
Memoria y olvido de la aristocracia. Entonces la duquesa se gira en la cama y abraza el sueño huidizo en un vano intento de evitar que se esfume. Pero su cuerpo añoso no tarda en sentir la misma urgencia. Recostada sobre el cabezal, espera y espera, hasta que, como cada día, su grito apremiante taladra la sordera del duque y remueve los cimientos del ruinoso palacio abandonado.