sábado, 24 de noviembre de 2012

Señales y amistad en sábado

Una amiga me escribe desde el otro lado de este espejo falsario, me anima al gozo de gozar con los pocos víveres de mi talega. Mi corazón, aturdido en estos días menguados, sabe que ese es el camino: salir a campo abierto y rodar por la loma, enfangarse en el hilo fluyente de un venero, beber vino bajo un acebuche centenario, estrenar la luz con cada parpadeo de asombro. Mi amiga me manda una señal sin saberlo. Detrás vendrán otras, lo sé, en una suerte de mise en abyme. Miro hacia la ventana del estudio, en cuyos cristales a veces pega su rostro picudo una gaviota oceánica. Parece que me espía; o tal vez se compadezca de mi espalda dolorida y sin plumas. Hoy aún no ha venido, mas espero esa señal inequívoca. Ayer logré escribir algo y revisar parte de lo escrito anteriormente. Trabajé sobre los recuerdos de un París neblinoso, el pálpito de la lluvia sobre mis pasos inquietos, la febril contención de los deseos. No es fácil reducir a teselas el gran mosaico de esta urbe. Y, sin embargo, quiero ver en este esfuerzo decidido otra señal, la pura invitación a conocerme en lo menudo, la firme exigencia de no seguir mirando entontecido hacia un infinito irrevocable.

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