jueves, 4 de octubre de 2012

Colorín y pingajo

"Las letras no dan para comer, las letras son colorín, pingajo y hambre". Cada cierto tiempo, a modo de ritornelo, me vienen a la memoria estas palabras del desdichado noctámbulo Max Estrella. Si no es osadía corregir al maestro Valle Inclán, habría que decir que algunos sí comen, pocos, pero los más han de recurrir al bíblico sudor de la frente para poder dar sustancia al cuerpo y algo de alegría al espíritu. Solo a modo de postre (y acaso como complemento vitamínico) usan de la escritura. No es que yo reivindique ahora que el súmmum sea comer de la fábrica literaria. Ni mucho menos. Es más, lo considero una trampa, una forma de cautiverio que obliga a exprimirse la sesera en busca de historias y personajes que, a lo mejor, estarían mejor en la oscuridad, cuando no a comulgar con las ruedas de molino del mercado editorial. Viene esto a cuento porque cada cierto tiempo se me antoja viva e iluminadora la compañía de Max Estrella. Y me hago preguntas cuya respuesta solo encuentro en la eterna cabalgada de Don Quijote contra los molinos de viento.

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