sábado, 14 de julio de 2012

La Bastilla en los campaniles

Repique de campanas en la iglesia evangélica de la rue de la Roquette, muy cerca de donde vivo, cerca de la Bastilla. Detrás de este campaneo vecino se adivinan otros: el de Saint-Etienne du Mont, Saint-Germain-de-Prés o Saint-Sulpice en la Rive Gauche, el de Saint-Ambroise, Saint-Augustine o Saint-Vicent-de-Paul en la otra ribera. El Sena (femenino en francés, la Seine, como el agua nutricia y la tierra alma) cruza hoy despacio, atento a la broncínea agitación de los aires. Después de días de lluvia, las nubes parecen buscar con auxilio del viento las tierras del norte, acaso las llanuras de la Picardie. La fiesta nacional francesa se viste de colores marciales, cuelgan banderas patrias en balcones y torretas y las palomas y los cuervos ceden por una horas el paseo triunfal de Les Champs Elysées. Se prevén en plazas y bulevares músicas, canciones y juegos, y un castillo de pirotecnia aguarda mudo en el Campo de Marte a que llegue la noche. Celebra esta fiesta la reconciliación que siguió al asalto por el pueblo de aquel edificio infamante que fue la Bastilla. El pueblo soporta lo indecible, hasta que revienta de rabia. En España no hay Bastillas, pero sí hartazgo. Mucho hartazgo. Y una Iglesia cuyas campanas guardan en estos días aciagos un silencio cómplice.  

(Saint-Vicent-de-Paul. París. Fuente: Silenos)

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