domingo, 17 de junio de 2012

Sobre héroes y heroínas en otro París

Los héroes grandes causan asombro, admiración, pero rara vez conmueven. Porque, al ser semidioses, por sus venas circula otra sangre, una sangre legendaria que se derrama, pero que no es absorbida por la tierra. Sin embargo, los héroes pequeños, con su sangre efímera, que proclama su dolor cuando cae al suelo, sí conmueven. Rose Valland, solterona en la cuarentena, pintora por afición, trabajaba como conservadora de arte moderno en el Musée National des Écoles Étrangères Contemporaines, con sede en Jeu de Paume, en octubre de 1940, cuando los alemanes, en plena ocupación de París, se hicieron con el control de la galería. La mujer, discreta y eficiente, obtuvo el beneplácito de los invasores para continuar en su puesto. Sabía alemán, pero los alemanes no lo sabían, y también era ducha en taquigrafía. Con esas dos armas y mucho valor, durante los próximos cinco años se consagró a la tarea de salvar todas las obras de arte que pudiese del expolio nazi. Su objetivo era doble: seguir el rastro de las obras, con la esperanza de que pudiesen ser recuperadas algún día, e informar a la Resistencia de los trenes que partían con el preciado botín. Valland sobrevivió a la guerra, pues murió a los 82 años en 1980. Ese fue el pago que le hicieron los dioses en justicia por su generosidad. Los hombres también la premiaron, concediéndole el rango de officier de la Legión de Honor, la Medalla de la Resistencia Francesa y La medalla Presidencial de la Libertad de los Estados Unidos. Conocemos bien a Odiseo, Lancelot, el Cid Campeador, Juana de Arco... pero qué poco conocemos a Rose Valland.
(Imagen: Rose Valland. Collection C. Garapont/Association la Mémoire de Rose Valland)

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