jueves, 3 de mayo de 2012

Toma y daca en las calles de París

¿Otras ciudades, otras costumbres? Eso cree uno, hasta que descubre hábitos idénticos que acaso alguna vez creyó exclusivos de la ciudad propia. En París, ciudad populosa, los viandantes tienden a cruzar las calles y bulevares sin esperar a que el benévolo semáforo los autorice. Cualquier lugar es bueno para cambiar de orilla, pese a que las aguas se aproximen turbulentas. Es de suponer que ello ha ocasionado más de un atropello y no pocos exabruptos en boca de los conductores (en especial los de taxis y bus). Que hay prisa por llegar, a menudo injustificada, es obvio. Es el mal de las grandes ciudades. No hay más que fijarse en la forma con que los conductores se la devuelven al peatón irrespetuoso, en un soberbio ejercicio del viejo toma y daca: sin respetar un solo paso de cebra. Recuerdo ahora que hace años, mientras aguardaba para cruzar en una avenida de Amberes, a alguien se le ocurrió adelantarse al cambio del muñequito. En ese momento, un policía que se hallaba cerca  y cuya presencia yo no había advertido (ni el peatón osado, claro está) lanzó una reprimenda cuyo sentido cabal no descifré, pues no entiendo el neerlandés, lengua endiablada, pero que intuí furibunda por la gesticulación del agente y el color encendido del interpelado. De esta misma escena me acordé hace algún tiempo en Marruecos, creo que en Casablanca, cuando al paso de nuestro vehículo apareció  en medio de la avenida, salido de la nada, un transeúnte acompañado de media docena de ovejas (o cabras, quizás, pues la memoria no hace distingos tratándose de cuadrúpedos). Al contrario que en este Occidente nuestro, allí no hubo gritos de agentes, ni exabruptos de conductores. Tan solo algún balido aislado que desapareció tan pronto el menguado rebaño alcanzó la acera.

(Théâtre de la Renaissance, junto a la puerta de Saint-Martin, 
París. Fuente: Silenos)

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