Sé que escribir es un ejercicio de vanidad. Porque decidme, ¿qué motiva a alguien a sentarse delante del papel, cerrar los ojos en un gesto de concentración, estirar los brazos con los dedos cruzados para reafirmarse en un solitario “manos a la obra”, si no es la presunción de creer que las palabras que emanen de su tarea interesan a uno, cinco o, en el mejor de los casos, cien desconocidos? La vanidad es eso: la hinchazón que uno experimenta cuando piensa en sí mismo y, sobre todo, en la imagen sobresaliente que de él verán ─aspira a que vean─ los demás.
(Imagen: Museo de Cluny. París. Fuente: Silenos)
2 comentarios:
Quizá tengas razón, pero además, algunos lo hacemos también -sólo en contadas ocasiones- por puro placer personal. En esos textos que se mantienen libres de miradas ajenas, encerramos toda nuestra sencillez.
Saludos de nuevo.
¡Válame Dios!, qué toda la vanidad del mundo fuera esa de gustar el aprecio de los demás, sometiéndose al donoso escrutinio de las letras. Y estaríamos benditos.
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