domingo, 15 de enero de 2012

Reyes, libros y la polvorienta espera

A diferencia de otros años, los Reyes Magos me han traído esta vez pocos libros: los ensayos de T. S. Eliot recopilados por A. Jaume en La aventura sin fin (Lumen), y los cuentos de Italo Calvino recogidos en Por último, el cuervo (Siruela). Bien es verdad que a mi mujer le han dejado otro par que también será para disfrute mío: La rama dorada (Fondo de Cultura Económica), de James G. Frazer, y Ragtime (Miscelánea), de E. L. Doctorow. En los últimos meses había ingresado en nuestra biblioteca un buen número de títulos, regalos de escritores y envío de editores los más, y acaso esa sea la razón de esta discreta dádiva de ahora. Los libros, como todo lo que se acumula y exige su parcela de atención, ocasionan un tipo de estrés de baja intensidad, suave pero constante, amable pero también insistente. Cuando lloran, los niños borran el mundo para erigirse ellos en el único planeta, con una suerte de geocentrismo que los padres asumimos entre la resignación y el espanto. Cuando los libros se quejan del abandono, de que llevan demasiado tiempo esperando turno, cuesta oír el lamento, a menos que este se produzca en el silencio acompasado de la noche y traspase las fronteras del sueño. Sin embargo, no pocas veces la espera merece la pena (la del libro y la del lector), pues, como el vino añejo, los libros cubiertos de polvo saben mejor.

2 comentarios:

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Buena lectura, Antonio. También los Reyes me han traído a mí el de Eliot, lo cual es muy justo, pues él escribió "El viaje de los Magos", y ellos le están agradecidos. Por cierto, que una tía de Teresa nos contaba el otro día que asistió a una lectura de Eliot en Sheffield a principios de los años sesenta. Qué envidia, ¿no?

Al-Juarismi dijo...

Magistral.