miércoles, 4 de enero de 2012

La novela histórica y Bomarzo

Como lector, no me interesa la novela histórica, sobre todo desde que, siguiendo la estela de la memorable El nombre de la rosa, buena parte del género se ha convertido en una larga secuela de íntrigas y crímenes sobre un decorado que lo mismo exhibe los sótanos vaticanos y las catacumbas de los cristianos, que se torna salas secretas de la masonería o laboratorios ocultos donde borbollan las redomas de los buscadores de la Piedra Filosofal. Los mismos monjes con cambiantes hábitos. Sin embargo, he vuelto a quitarme el sombrero y a hacer una admirada genuflexión. Hace más de veinte años que leí Bomarzo con la premura de un joven inquieto y, a la vista está, sin el obligado aprovechamiento. Ayer terminé una relectura gozosa que me ha tenido cautivo varias semanas. El azar tiene estas cosas: he repetido placer justo después de la relectura de Rayuela. De argentino a argentino. No es este el lugar para hacer una reseña de esta vasta obra, sobradamente comentada por los estudiosos desde su aparición en 1962, por lo que me limitaré a un apunte sobre un aspecto concreto. De los tres elementos que se imbrican magistralmente en la novela (el narrativo-histórico, el psicológico y la pintura de escenas), me quedo con la última. Porque con ella Manuel Mújica Lainez (sin tilde, por más que se empeñen en tildar el segundo apellido) hace que el mundo convulso del XVI, tan denso en acontecimientos políticos, sociales y religiosos, resulte menos pesaroso, como menos pesaroso resulta también el tormento íntimo que el duque giboso arrastra (como su pierna maltrecha) toda su vida. Y ha sido especialmente ante algunos de esos fragmentos donde he hallado la belleza del lenguaje, algo tan escaso en la literatura contemporánea, y donde me he dicho que, por escribir un fragmento así, estaría dispuesto a condenarme en el Bosque de los Monstruos de Bomarzo. He aquí un ejemplo:

Hacía mucho calor, el calor de junio que tumba a las bestias, que agosta los sembradíos. El invierno anterior había sido muy cruel. Y no llovía. Las ovejas, sedientas, balaban en lo amarillo de los campos. En alguna parte de los montes, a través de la atmósfera reverberante que comunicaba al paisaje una leve oscilación, y vibraba como si lo mirásemos tras un vaho tórrido, resonaban el llamado agónico, quejumbroso, de las trompas, los gritos espaciados de los ballesteros y los ladridos iracundos de los galgos. De vez en vez, un halcón remontaba el vuelo y planeaba, alto y seguro. Mi hijo Marzio andaba de caza con los hijos de León Orsini. Caían aves muertas entre los cipreses, y los azores traían otras en las garras. Era menester ser muy joven para arriesgarse así bajo el sol que abrasaba las mustias heredades.

(Imagen del Parque de los Monstruos, en Bomarzo, Italia)

5 comentarios:

gatoflauta dijo...

Es curiosa la coincidencia de lecturas que cuentas de "Rayuela" y "Bomarzo". ¿Sabías que ambas obras, publicadas prácticamente a la vez, compartieron en 1964 el premio Kennedy, y que, a raíz de ello, Cortázar propuso (no sé con qué grado de seriedad) a Mujica una edición conjunta de las dos novelas, que llevaría el título de "Ramarzo" o "Boyuela"?

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

Sí, gatoflauta, algo leí sobre esto, aunque te aseguro que mi asociación de lecturas ha sido hija del puro azar. Un abrazo.

HLO dijo...

A mí también me gustó mucho esta novela. Veo que coicidimos en muchas cosas.

Antonio Cantizano dijo...

Coincido con su opinión acerca de la llamada novela histórica, también creo que es practicada y leída por personas que están en contra de lo que sucede y sólo se mosquean...y a veces de qué manera. De tanto tildear se nos olvida a veces la tilde del primer apellido del autor de Bomarzo. Sobre esta novela qué decir, que debería ser obligatoria en la ESO, Bachillerato, Universidad y en el Congreso de los diputados. Aunque pensándolo mejor, que no sea obligatoria, que sólo sea permitida su lectura y relectura a escondidas. Un saludo noble Sileno.

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

Cierto, querido Antonio. Corregido queda. Y para los "alumnos" del Congreso lo veo mucha, mucha lectura. Un abrazo.